Ana de Arcos viajó hace dos veranos como voluntaria a Guatemala y el año pasado, estuvo en Nicaragua. En Guatemala tuvo la oportunidad de conocer un proyecto que colaboraba en la puesta en marcha de un invernadero para mujeres indígenas en la población de Nebaj. Allí ayudó a vender en zonas turísticas los tomates que estas mujeres cultivaban. Participó en la construcción de un pozo para la comunidad y pudo observar muy de cerca un pueblo con una cultura muy diferente, cuya lengua, el mam, remonta sus orígenes a los tiempos de los mayas. Pero Ana es consciente de que en un mes «nadie pretende cambiar el mundo. Es toda una experiencia a nivel personal en la que uno se sensibiliza ante una realidad muy diferente. Hay momentos muy duros a nivel emocional, pero creo que todos deberíamos pasar por esta experiencia».