TRIBUNA | O |
29 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.HAY MUCHAS ofertas al margen de la fe, bien contrarias o bien descafeinadas. El año santo es un tiempo privilegiado en el que la Iglesia hace resonar con un intenso eco que se difunde invitando a todos a entrar dentro de sí mismos, con sentido cristiano. Otras ofertas con modelos llamativos y hasta deslumbrantes son de apariencia, pero no verdaderas. «El que sólo se fía de lo que ven sus ojos, es al fin un ciego». El cristiano no se deja llevar por lo inmediato, porque la llamada del año santo tiene un horizonte mayor, bien para la juventud que necesita entrar en sí misma, potenciando la fe recibida con una fe personalizada, o bien para la vida madura al preguntarse si no vale la pena emprender otro camino y empezar de nuevo. Un año santo es una excelente oportunidad. «Soy médico y tengo sesenta años -decía un peregrino- y llevo treinta alejado de la Iglesia aunque soy creyente. He decidido hacer el Camino de Santiago y empezar de nuevo». Un grupo de intelectuales hacen el Camino un tanto en broma y de veras pero al llegar, rompiendo con el respeto humano, manifiestan su gran impacto: «Sin interioridad -recordaba el Papa en Madrid- no se es nada, todo resulta vacío». Este encuentro con el interior resulta un gran hallazgo cuando se consigue. Al general francés H. B., curtido en las guerras de Argelia e Indochina, oímos con extrañeza esta afirmación: «La peregrinación a Santiago es lo más importante que hice en mi vida». Ante el año santo conocemos la voz amiga y urgente de los Pastores que nos estimulan e invitan a todos. En esta dirección se necesita el empeño de los protagonistas ocultos: los sacerdotes, profesores, comunidades catequistas, responsables de asociaciones y de cada uno de los peregrinos. Todos ellos son el principal para dar sentido interior a un año jubilar y para hacer la peregrinación sin posturas intermedias. Los peregrinos de Santiago son los que, boca a boca, difunden el valor que han experimentado en su peregrinación y así se verifica el llegar como peregrinos y volver como apóstoles, sabiendo que somos pueblo de Dios en la historia, es decir, peregrinos. La sincera voluntad de búsqueda hace que nuestra personalidad supere los complejos, y navegando mar adentro surge la valentía de la fe, para vivir un cristianismo sin rebajas, de lo contrario, carecería de novedad con sólo dejarse ir. En definitiva, deberíamos entrar en el año santo con la decisión de hacerlo desde el interior.