Viviendas de Dolce y Gabanna

MARÍA GONZÁLEZ

SANTIAGO

ÓSCAR CORRAL

A CADEIRA | O |

18 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE DIEZ años uno podía comprarse un pantalón por cuatro mil pesetas. Hoy, para adquirir ese mismo pantalón, hay que desembolsar unos 27 o 30 euros (menos de cinco mil pelillas). Los chicles subieron con la llegada del euro, y el café ya no cuesta las 125 tradicionales en casi ninguna cafetería. Libros y discos apenas han experimentado incremento, la fruta se dispara y las pizzas aún son accesibles. El periódico llega al euro, y los billetes de avión dependen de la oferta. Es la ley de mercado, comprensible y aceptable, porque, nos guste o no, tiene sus reglas. Pero un producto escapa a cualquier tipo de raciocinio. En él no se valora la calidad, la durabilidad ni los materiales. Es como una camisa de Dolce y Gabanna, uno tiembla como un junco para costeársela ya que sólo paga la marca, únicamente eso. Sólo que en este caso el que no quiera darse el lujo tiene a veinte metros camisas de Zara por treinta euros. No ocurre así con la vivienda. Uno no sabe lo que paga, pero lo paga. Ayer se asustaban dos jóvenes por el precio del alquiler en Cacheiras. Hasta allí se han disparado los precios. La vivienda es un artículo de lujo como los bolsos de Vuitton. Sólo que es un lujo de primera necesidad.