COMPOSTELANEANDO
08 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LA FUNDACIÓN en 1991 del Real Patronato de Santiago respondía a una filosofía concisa y concluyente: si Compostela era principio y fin del Camino de Santiago, capital de la Comunidad Autónoma, patrimonio de la humanidad, tenía que reclamar un régimen especial para afrontar esas funciones y los consiguientes compromisos internos e internacionales. Se pensó que la Corona era la institución llamada a propiciar la convocatoria de las administraciones implicadas para que, bajo la fórmula de un Real Patronato, se pudieran exponer los objetivos urbanos que habrían de desarrollarse -y ahí estuvo el gran acierto- a través de un brazo administrativo, el Consorcio, mediante proyectos que, siendo de interés general, partían de la iniciativa municipal. Los primeros pasos del Patronato y del Consorcio tienen también sus claves personales. Primero, el Rey, que dispensaba a los asuntos de Compostela una atención particular. Cuando había alguna dilación a la convocatoria del Patronato, tomaba el teléfono y señalaba fecha. El papel de Felipe González fue determinante, ya que con la autonomía consolidada y las competencias transferidas, la administración central tenía que volver a corresponsabilizarse de la ciudad y convertir a Compostela en una cuestión de estado. Aunque ministros como Solana y Borrell lo apoyaban, hubo que vencer algunas reticencias, y para ello se contó con el lobby formado por Pilar Navarro en la Moncloa y Xosé Denis en Raxoi. Manuel Fraga Iribarne no sólo respaldó la iniciativa, sino que desde la Xunta, con Víctor Vázquez Portomeñe, Dositeo Rodríguez y Rubén Lois como representantes autorizados, entendió e impulsó el proyecto que emanaba del planeamiento de la ciudad. Quedan para los anales compostelanos documentos propositivos de un gran valor, elaborados y coordinados por Manuel Villanueva, con la intervención de ediles que hoy siguen en el Concello y de otros que, como Pedro Antonio Fernández o José Luis Río Barro, han regresado a la esfera privada. Nada de la acción de gobierno, de la transformación de Santiago, salió por casualidad o por suerte, sino que fue pensado, escrito, negociado y pactado en los salones de Raxoi, con discreción y eficacia. Fue, sin lugar a dudas, un éxito de todos. Se retoma ahora la iniciativa, lo que es motivo de satisfacción y de felicitación al alcalde Sánchez Bugallo, al gobierno de la ciudad y a la oposición. Leo que hay un conjunto de propuestas urbanas preparadas y espero que el Pazo de Raxoi aguce su imaginación, luzca las mejores galas en sus estancias y el consenso vuelva a aparecer como principio rector y forma de trabajo, en un momento en que da la impresión de que es difícil de alcanzar en la acción política cotidiana.