Crónica | Los santiagueses viven con sorpresa, desolación y rabia el episodio más trágico relacionado con el deporte local Una calle de Santiago llevará el nombre de Manuel Ríos Suárez, el coruñés fallecido el martes en San Lázaro. Poca cosa para aplacar la aflicción que siente la ciudad
08 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?anuel Ríos Suárez no había hecho demasiados méritos para merecerse el nombre de una calle en Santiago. Ni ganas tendría de que se acordasen de él en la capital gallega si supiese que iba a pagar el homenaje con su vida. Pero en pocas ocasiones la muerte de una persona anónima en la ciudad ha provocado tanta conmoción. En días como ayer, las portadas de los periódicos se convierten en directos a la mandíbula entre unos vecinos que asumieron con dificultad que Compostela fuera noticia por algo que no sea el Apóstol, los atascos o las obras. La capital de la concordia se había convertido en el escenario de la barbarie. Fue una sorpresa, sí, pero a pocos les costó entender con rapidez la noticia. Los santiagues que a lo largo de la tarde estuvieron en las calles del casco histórico pudieron ver por bares y terrazas a los hinchas del Dépor bebiendo y soltando burradas como las que proferían los seguidores más exhaltados del Bilbao, el Salamanca o el Oviedo cuando el Compos también era el súper Compos. Pero beber y gritar también lo hacen miles de estudiantes cada jueves y no se cuentan las juergas por muertos. Testigos de la batalla Tampoco fue una sorpresa para los que asistieron al campo. Los últimos valientes que aún se acercan a San Lázaro cada partido como José Ángel Docobo, José Antonio Lobelle o Jesús Asorey observaron desde la tribuna que el ambiente estaba más caldeado de lo habitual en un estadio en el que cada domingo los cánticos del fondo norte los contesta el eco del fondo sur y viceversa. Y lo vivió muy de cerca el edil popular Xacobe Pérez, que sufrió en su propio el cuerpo el lado más dantesco del deporte. Y también un cámara de la TVG. Y otro de una televisión local coruñesa. Y tres policías nacionales. Y una docena de aficionados. Ayer, todos regresaron a sus casas menos Manuel Ríos, que nunca volverá a ver un partido en San Lázaro. del fútbol. No será el único.