Orden en la gran aldea

| JUAN CAPEÁNS |

SANTIAGO

CRÓNICAS URBANAS

06 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL DESORDEN y la dispersión geográfica es uno de los lastres más acusados de Galicia y nos obliga a caer en dispendios y costosos sobreesfuerzos económicos para no perder el tren del progreso. Lo mismo ocurre a pequeña escala en Santiago, donde unas 20.000 personas viven espalladas por un municipio muy amplio en el que, sorpréndase, además de coches, tiendas, bares y facultades hay unas 800 explotaciones ganaderas y más de 5.000 vacas. Desde hace unos años, los políticos se refieren a estos lugares de preciosos nombres como «el rural», término que siempre se vincula a problemas con los servicios comunitarios. Pensemos que el coste y el rendimiento de una farola de Berdía o Grixoa es desproporcionado si se compara con una de Montero Ríos. Al final, que un compostelano se levante con el canto del gallo es una sangría económica, y es lógico que la Lei do Solo lo haya regulado.