Noche del Apóstol

| XERARDO ESTÉVEZ |

SANTIAGO

COMPOSTELANEANDO

02 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA PRIMERA cita de la noche es en el Hostal de los Reyes Católicos -me cuesta llamarlo parador-, con un concierto de la Real Filharmonía, dirigida con nervio y acierto por Maximino Zumalave. A una bellísima obra de Britten siguió un memento a Xan Viaño con sus Nubes blancas, una composición dramática -incluida en un CD municipal que valdría la pena reeditar- que presagia su muerte, al igual que la pieza pianística de Carmelo Bernaola 2-2-2-2... 80, que el verano pasado interpretó Manuel Carra en el curso de Música en Compostela. Parece que algunos compositores presienten y expresan su agonía. Libera me, Domine, de morte aeterna in die illa tremenda, dice el Requiem. El summum, para mí, es el lied En el crepúsculo, de Richard Strauss, y ya no digamos el último movimiento de la Patética de Chaikovsky. La segunda cita es una amable recepción en el marco de cuadratura perfecta del patio de San Marcos. El hospital cinco veces centenario sigue cumpliendo ese papel de refectorio institucional que todas las administraciones y empresas utilizan, lo cual ratifica el acierto de haber decidido mantener ese uso, tan próximo a su destino originario, en lugar de convertirlo en sede de dependencias administrativas. Una tercera cita en el palacio de Raxoi para ver los fuegos, que este año tuvieron más pirotecnia que imágenes, pero siempre con ruido controlado. Decía el arzobispo Rouco que los fuegos «tradicionales» le hacían sentirse como en una trinchera cada noche del 24 de julio, y Remuñán ponía, con razón, el grito en el cielo por el daño que el estruendo causaba en el patrimonio monumental. De regreso, en un ambiente festivo que unos bárbaros intentaron sin éxito enturbiar, compruebo que Santiago tiene la capacidad de convocar a los gallegos en una atmósfera cordial, y que el espíritu del Obradoiro merodea por las inmediaciones de la plaza. El presidente de la Xunta, el alcalde, el delegado del gobierno, conselleiros y concejales, gobiernos y oposiciones, aparcan esa noche las disputas lejos de los salones de Raxoi. Esta forma de hacer, donde el enfrentamiento político no rompe las relaciones humanas e institucionales, tiene hoy en Compostela su principal eje. Si quienes representan a la sociedad utilizan sistemáticamente la política para destruir al adversario, aquella sufre las consecuencias y puede llegar a manifestarlo de forma impredecible. Por el contrario, si existe un clima de concordia, ese ambiente se comunica a los ciudadanos. Las fiestas del Apóstol han cambiado para bien. Todo empezó con el animoso Antonio López, cuya gestión de hace veinticinco años recordaba estos días La Voz de Galicia. Pero lo que más ha cambiado ha sido la ciudad en su conjunto. La autonomía y la capitalidad, con el apoyo de las administraciones central y autonómica, han sido fulcro de desarrollo y bienestar y plataforma para la expresión de nuestra identidad compartida y dialogante.