COMPOSTELANEANDO
05 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EN LOS anales compostelanos hay dos fechas que recuerdo con especial emoción: el 20 de octubre de 1989, inauguración del Auditorio de Galicia, y el 29 de febrero de 1996, presentación de la Real Filharmonía. No creo preciso citar una vez más a las personas que lo hicieron posible. Durante años, la tensión que mantenía el Auditorio polarizó buena parte de la vida cultural gallega y española y puso a Compostela en los circuitos internacionales, con la promoción que esto supuso para la ciudad. A estas alturas nadie discute que la cultura es un recurso fundamental, una de las grandes claves de la política municipal, ya sea en su vertiente popular y participativa, ya como espectáculo y foco de atracción de visitantes. La ciudad de la cultura no es un eslogan para un año, sino un título que hay que mantener. Pero no es sólo eso, sino también el papel aglutinador que la música puede jugar en el concierto urbano. La semana pasada, tras escuchar la emocionante interpretación del Ave verum de Mozart que el Orfeón Donostiarra -sin duda, hoy por hoy, uno de los mejores coros del mundo- hizo en la catedral de Girona, comentábamos que en Donostia los nexos que unen sin fisuras a la sociedad son, precisamente, el Orfeón y la Real Sociedad. En los últimos tiempos se han dado en nuestra ciudad pasos importantes en el campo musical, con la Escola Municipal y el futuro Conservatorio. Pero, todo hay que decirlo, desde hace una temporada los aficionados nos vemos más fuera, cosa que no es mala de por sí, pero quizá lo estamos haciendo en demasía. Parece como si hubiéramos de esperar a los años jubilares o al Festival de verano para acceder a conciertos y exposiciones singulares. El Auditorio, se lo he escuchado al alcalde, necesita un impulso, tanto en su área musical -no siempre RFG; puede haber ciclos asequibles que den variedad y mejoren el atractivo del programa- como en la expositiva -bien están los certámenes de nuevos valores y las muestras itinerantes, pero no se debería renunciar a propuestas más ambiciosas-. Y, de paso, también una mejora física, porque después de todos estos años el edificio y las instalaciones reclaman una conservación a fondo. Tenemos una orquesta con un buen equipo directivo y de músicos, pero que necesita ampliarse, y una sala con una acústica impecable, a prueba de pianísimos y fortes, como quedó patente el jueves pasado en el concierto de Barenboim con la Staatskapelle de Berlín. Imaginación y presupuestos componen la fórmula magistral para que después del próximo año jubilar se pueda mantener una tónica que, con unos costes razonables, permita sostener las constantes vitales de ambos organismos. Para seguir siendo referencias del acontecer de Compostela y de Galicia, Auditorio y Real Filharmonía habrán de definir el rol de complementariedad a jugar cuando la Cidade da Cultura empiece a funcionar a pleno rendimiento, y ese día ya está en puertas.