CRÓNICAS URBANAS | O |
26 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.ME GUSTA la paz, esa que se escribe con mayúsculas y nos hace mirar hacia territorios más o menos lejanos, pero también la más cercana. La que nos dan y quitan aquellos que nos rodean y que provoca desasosiego interior. Cuando ya se repliegan las pancartas de los grandes asuntos colectivos aparecen pequeñas batallas individuales que nos obligan a involucrarnos, a parapetarnos en una posición y por último a manifestarnos individualmente, sin eslóganes ni siglas y sin debates en la radio que ayuden a tomar partido. Volcamos todos nuestros esfuerzos en buscar algo sencillo, un poco de armonía en la vida, cuando una llamada, un café o un encuentro callejero bastan para dejarnos descolocados. Ahora entiendo por qué nunca triunfará en la televisión una serie donde todo el mundo sea feliz y no existan los problemas. Conozco a varias víctimas de un mercado laboral que es asquerosamente depredador; a dos familias que viven demasiado pendientes de lo que digan los médicos del Clínico; a un montón de personas que acaban el mes al poco de empezarlo; y a algún otro al que le ha traicionado su propio corazón. No pasan por sus mejores momentos. Entoces, yo tampoco.