?na buena dosis de imaginación aderezada con un extra de resignación. Este es el principal encanto de los nueve niños que acuden a diario a la escuela unitaria de Coucieiro. Con semejante receta han aprendido a sacarle partido a la humedad que asola no sólo el techo, las paredes y las ventanas, sino también un suelo con losas muy resbaladizas, de esas que llenan los centros médicos de esguinces, torceduras y moratones. Cuando llueve, la sala anexa al aula se convierte en la zona de recreo. Agapito Sanmartín, el profesor, le llama al lugar «gimnasio». Una canasta de baloncesto a escala de niño de apenas cinco años y los pequeños pululando por la sala demuestran lo acertado de un nombre, que se convierte en la perfecta definición cuando los pequeños, una vez que el profesor se da la vuelta, toman discretamente la fregona, esparcen uniformemente la humedad del suelo y ¡A patinar! hasta que termine el recreo.Eso sí, cuando abandonan el centro tienen más cuidado. Losas con la misma capacidad deslizante les aguardan a la entrada de la escuela. En este lugar no hay fregona que valga. Los charcos nacen del agua y del barro que llega con los zapatos de sus madres y convierten la maniobra de vuelta a casa en el penúltimo peligro. La última prueba está en la dura gravilla de la zona de entrada al centro educativo ya que procede de una obra y ha dado más de un disgusto. Agapito Sanmartín, que está en todo, ha pedido también «area e un tobogán para xogar».