LOLA SENÉN MI CALLE
24 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Todavía recuerdo el olor de los bollos de Ankarr a primera hora de la mañana. Aquellos panes de leche me despertaban las tripas cuando de camino a mi colegio de toda la vida cruzaba por la puerta de la pastelería. La calle de Alfredo Brañas es la imagen de mi infancia y adolescencia. Recuerdo las tardes en el Snoopy, aquel bar donde me arrancaron mis primeros besos, los cafés del Hexágono, y más tarde, las veladas en el pub Dado Dadá a golpe de jazz en directo. La rúa del Ensanche crece al compás del tiempo. Calle de comercios y restaurantes, de locales de copas y tiendas de discos, de hotel de lujo y sucesión de terrazas de verano que a golpe de sombrilla llenan el bulevar de un gentío a veces insoportable. Pero Alfredo Brañas es además centro neurálgico de oficinas, despachos y estudios de arquitectura. En sus bajos queda aún alguno de aquellos locales que tanto visitamos la generación del 67 y como no, aún nos quedan los combinados en el Galeón. La rúa se despierta con el camión de Bimbo y duerme cuando los estudiantes y la gente de la noche abandonan sus aceras. Paso obligado desde el Ensanche al casco histórico compostelán es el camino diario de miles de personas que la cruzan diariamente de sol a sol. redac.santiago@lavoz.com