COMPOSTELANEANDO

La Voz

SANTIAGO

XERARDO ESTÉVEZ

27 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando ponemos nombre a las cosas, consciente o inconscientemente, estamos confiriéndoles un significado. Por eso, cuando decimos Santiago no estamos diciendo lo mismo que cuando hablamos de Santiago de Compostela, y otra cosa bien distinta es Compostela. En un sentido literario, Santiago significa apóstol y religión, suena a veces -¡... y cierra España!- a resistencia y conquista. Santiago de Compostela es el marchamo del Camino, es sudor, peregrinación y ecumenismo, nos remite a Europa con evocaciones cosmopolitas. Decir Compostela a secas es nombrar algo muy nuestro que suena a espíritu e identidad, es nuestra forma de vivir y sentir la ciudad, somos nosotros mismos. Compostela tiene un sentido propio que hay que elucidar desde dentro y que es difícil de definir con palabras, ya que es como un espíritu colectivo, recóndito, que transmitimos de unos a otros. Está en el secreto de algunos lugares y personas, en las anécdotas adornadas, en las conversaciones callejeras, en la luz de los domingos por la mañana, en la densidad de los ritos, en algunos recuerdos, en las sensaciones comunes. Está más allá de las ideas de cada uno. Es como un lugar coincidente. Practicarlo supone «compostelanear» y eso es a lo que, en forma de breviario más o menos asiduo, quiero dedicarme en gerundio. Iré, pues, compostelaneando con pasos que vienen de la memoria más frágil de la niñez, que pasarán discretamente por la etapa municipal y, sobre todo, irán arañando el futuro desde el presente, pues Compostela es, indisolublemente, cultura y futuro. No sólo la cultura del historiador o la del espectador, sino la cultura omnipresente en el ambiente, en la sociedad, en la política, en las formas y en el fondo. Y los compostelanos tenemos la obligación de vivir un presente, para entendernos, algo incómodo, ya que tiene que tener esa facultad proyectiva de futuro. Compostelaneando serán opiniones, tanto sobre lo que me gusta como lo que me gusta menos, pero en todo caso amables, y no tanto memorias, o si lo fueran, serán conjugadas en presente para convocarnos en torno a la belleza, a la sensibilidad, a la cotidianeidad, a lo humano, para hablar de eso que nos define a los que sentimos el pálpito de Compostela. Cuando uno ha sido alcalde de una ciudad como ésta los recuerdos han quedado almacenados, condensados, casi diría aletargados, y cuando deja de estar sometido a ese frenesí emergen lentamente, con la ventaja de poder ser reconocidos desde la tranquilidad y, por qué no, objetivados de otro modo. Es como pasar de la atalaya a la perspectiva. Ahora que dispongo de algo más de tiempo para escribir y, además, me gusta, desde esta plataforma a la que me invita La Voz de Galicia vale la pena ir compostelaneando, porque es como revivir llamaradas entre los rescoldos sosegados de una ciudad que necesita ser, además de admirada, querida.