En los brazos de Morfeo

La Voz

SANTIAGO

PACO RODRÍGUEZ

El Museo de Historia de la Anestesiología reúne en su interior una buena parte de los avances de la medicina moderna La anestesia no comenzó con un golpe de gracia en la nuca. Es uno de los pilares que han permitido el avance imparable de la cirugía y la consiguiente salvación de vidas humanas. El Museo Nacional de Historia de la Anestesiología, con sede en la Facultade de Medicina de Santiago, invita al visitante a conocer ingenios impensables que ayudaron a mejorar la calidad de la sanidad, sobre todo la del enfermo. Su director, el doctor Vicente Ginesta, cuida de todo este material con la pasión de un coleccionista. El museo reúne auténticas joyas de la medicina que pueden poner los pelos de punta a cualquiera que se quiera poner en la piel de un paciente.

22 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

N. MIRÁS SANTIAGO El museo, inaugurado en 1981, cuenta con el apoyo de la Sociedade Galega de Anestesioloxía e Reanimación, la Universidade de Santiago y el decanato de la Facultade de Medicina. Para el profano, es como un gran parque temático dedicado a la historia de la anestesia donde se pueden observar los ingenios más raros, pero también los más útiles. El director del museo, Vicente Ginesta, explica que Compostela fue pionera en el uso de la anestesia, allá por 1847, sólo un año después de que se utilizase por primera vez en Estados Unidos; el doctor Casares fue uno de los primeros y no dudó en probar los anestésicos en su propia persona. Mascarillas, inhaladores, donaciones de aparatos de todo el mundo como sistemas de monitorización, el prototipo de un sistema de intubación, un respirador Manley o el Narko (ingenio del que sólo se conservan tres unidades en el mundo) son algunas de las piezas. Inventos españoles, como el O.M.O., la mascarilla Ombredanne con vejiga de cerdo; una colección de mini respiradores o máquinas como las que utilizó uno de los grandes de la anestesiología, el doctor Macintosh, llenan las vitrinas del museo. Las estrellas visuales son, sin duda, un enorme pulmón de acero que recuerda casi a una cámara de tortura o la mesa de operaciones de un conocido cirujano santiagués. El primer respirador neonatal que hubo en Galicia, aparatos de anestesia portátiles, o una de las joyas, el Pulmotor (un aparato resucitador del año 1911), pueden contemplarse en perfecto estado de conservación. El museo ha recibido los elogios de la comunidad internacional que participa en el Congreso Internacional sobre Historia de la Anestesia.