MARCOS S. PÉREZ MI CALLE
26 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La grandeza de la rúa das Hortas es precisamente su humildad. Parte del centro del Obradoiro, del centro del universo, para llevarnos de vuelta a la aldea. En Hortas todo el mundo se siente como en su barrio, todavía conserva el ambiente familiar que otras zonas han perdido. Hortas es también un descenso desde lo divino, desde las sensaciones mágicas que puede generar la Catedral. Hasta lo humano, las mujeres asomadas en las ventanas, los hombres viendo llover. Tan sólo por las noches lo divino y lo humano se funden. Entonces, en el Obradoiro se escucha «un silencio de montaña», como escribió Pedrayo y Hortas y la Catedral están igual de oscuras. Hortas también son sus casas, como la Casa de la Tumbona, o sus restaurantes. La supervivencia de este rincón es producto de la injusticias históricas que ha sufrido Compostela, como el despojo institucional del siglo XIX. El crecimiento de la ciudad se truncó, se frenó en seco y por ello Santiago siguió rodeada de huertas hasta bien entrado el siglo XX. Hoy tan sólo Hortas sobrevive. Santiago sigue siendo una paradoja en muchos sentidos. Uno de ellos es que todavía existen leiras a cincuenta metros de uno de los lugares más mágicos del planeta, una de las siete (ocho) maravillas del mundo. redac.santiago@lavoz.com