La animación de calle hizo olvidar un espectáculo de luz y sonido que no convenció a las multitudes El resacón fue doble e impresionante. Doble porque el espectáculo de luz y sonido del Obradoiro la noche del 24 fue soso para los de fuera y raro para los santiagueses que, en general, salían decepcionados de la plaza: faltó pólvora. A eso hay que sumarle los kilómetros recorridos a pie o en bicicleta y largos tragos de botellón, garrafón y litrona. Lento pero seguro, el ambiente festivo consiguió sin embargo apoderarse de todo el mundo. La participación en los distintos actos y celebraciones fue masiva y la jornada del 25 de julio, inolvidable. La animación estaba en la calle y podía sentirse como si el 2001 fuese Año Santo Compostelano.
25 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.N. M. SANTIAGO Se bebieron muchos litros de alcohol la noche del 24 al 25 de julio. Los trabajadores del servicio de limpieza se emplearon a fondo y a primeras horas de la mañana ya habían dejado todo en perfecto estado de revista. A eso de las diez, las caras eran de sueño y los comentarios sobre el espectáculo de la noche anterior daban que pensar: «A festa fixémola nós; o do Obradoiro estivo moi floxo, eso non son os fogos do Apóstol, son outra cousa», decía un compostelano madrugador. Según fue avanzando el día, el Obradoiro se llenó de gente de todos los pelajes. Hubo protestas de turistas que no pudieron entrar en la catedral mientras se celebraba la misa solemne, como la de una japonesa que discutió acaloradamente, y en japonés, con un policía nacional. Recibida la bendición papal, la fiesta se trasladó a la calle. Las charangas, los gigantes y los cabezudos, los músicos callejeros y las terrazas de los bares -ampliadas en algunos casos muchos, muchos metros- fueron los ejes de un ambiente particular que sólo se respira en el día del Patrón. Después del Obradoiro, el espacio más concurrido fue la Alameda, con los chiringuitos de la verbena por un lado y con las convocatorias políticas por otro. Como cada año, todo acabó a golpe de caña y tapa en los bares del Franco y de la Raíña. El tiempo acompañó y la tarde, mucho más relajada que la mañana, hizo del paseo todo un rito de multitudes. Las imágenes hablan una vez más por sí solas.