Los vendedores de Salgueiriños dicen que el buen tiempo todavía no compensa las pérdidas del temporal Un mercadillo alejado de la ciudad, a las afueras, es como ubicar un guardia de tráfico en el monte. Del mismo modo que ahí no circulan coches, en Salgueiriños no transitan suficientes compradores. Si encima llueve durante tres meses, la situación se torna dramática. La feria está instalada en un inmenso descampado, a la intemperie. El reciente temporal ha reducido los beneficios de los vendedores y éstos dicen que los últimos rayos de sol aún no han compensado las pérdidas. Los ambulantes, ahora, piden dos deseos: que se les condone el alquiler de los puestos y que se traslade la feria. Algunos proponen Fontiñas.
22 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Salgueiriños, visto desde lo alto, parece un invernadero de El Ejido. Una inmensa extensión de plásticos ha abrigado durante tres meses a los vendedores en este vasto descampado. Los rayos del sol hicieron ayer acto de presencia en la ensenada de cemento y los ambulantes, con el ceño fruncido, hablaban como si el cielo anunciase otro chaparrón. Aquilino Jiménez, feriante, posa su bastón en el suelo y con el ceño fruncido, enumera una serie de hechos que justifican su atribulado rostro. Tres meses de pérdidas han supuesto el empujón definitivo para la delicada economía de los feriantes. Al temporal, dice, se suma otro problema: los usuarios. Según denuncia, muy poca gente de Santiago se sube al coche o al autobús para acudir hasta el mercado. Ante este callejón sin salida, Aquilino propone una solución a modo de súplica: que se condone el precio de alquiler del puesto a los vendedores. La cuantía de este pago es de nueve mil pesetas cada tres meses, pero el negociante considera que esta medida debería ser una deferencia mínima del Concello dadas las exiguas ganancias de los ambulantes. Ante la pregunta de cómo va el negocio, un grupo de comerciantes se lo toma con cierto gracejo: «Muy bien, todo estupendo, nos vamos de aquí sólo con los hierros». Lo cierto es que antes, cuando el mercado estaba en San Roque, los vendedores ganaban 60 ó 70.000 pesetas cada jornada. Y ahora no llega «ni pa pipas». Antes, por la feria corría un aire que olía a fritanga y a regateo, al lado de Bonaval. Y ahora, los comerciantes, tienen otro edificio al lado. La delegación de Hacienda.