Me gusta el fútbol desde que tengo memoria. Cuando era niño, con cinco o seis años, los partidos eran en la calle, con un par de piedras haciendo de porterías. Mientras, las niñas jugaban a la goma o a saltar la cuerda. Si el balón iba hacia ellas, le daban una patada y soltaban una risita nerviosa, tapándose la boca, como si hubieran hecho algo clandestino, un pequeño pecado que luego contarían a sus amigas.
En aquella época las calles no estaban asfaltadas, eran de tierra y piedras. Raro era el día en que no llegaba a casa con las rodillas sangrando. Todos mis pantalones llevaban rodilleras y no tenía zapatos para salir los domingos. Ai, por qué non tería unha nena, se lamentaba mi madre.
Con diez años fiché en el Oza Juvenil. Todos éramos niños. El fútbol no era cosa de mujeres. Nosotros siempre teníamos un equipo adonde ir, fueras bueno, malo o regular. Las niñas solo podían jugar en la calle, si tenían con quién. No le pega mal para ser mujer, murmurábamos cuando veíamos a alguna jugando en el parque. Soy culpable.
Cuando mi hija Lucía cumplió once años se apuntó al equipo de fútbol del colegio. ¿No te atrae más patinaje o danza?, le sugerí. Culpable. Pero ella no cedió. La camiseta con Lucía grabado en la espalda acabó por acompañarme a todos sus partidos.
Hace tres años, la selección española ganó el Mundial de Fútbol Femenino. Desde entonces, ellas llenan estadios. Las niñas llevan las camisetas de Aitana, de Alexia, de Pedri o Mbappé. Si una niña quiere jugar al fútbol tiene equipos para elegir en los que fichar, entrenar y competir. Desde la grada ya nadie le grita «marimacho». Sus padres no le aconsejan que practique otro deporte «más femenino». La animan a que juegue al fútbol o a lo que ella quiera.
Aquel día, el día del «piquito», lo menos importante fue haber ganado el Mundial.