El inspector, después de formular varias preguntas, se fue a la máquina a por un café. Carlos seguía sentado mordiéndose las uñas. Esperaba salir pronto, ya que no le quedaba mucho tiempo. Su madre de 80 años y dependiente a causa de una hemiplejia consecuencia de un ictus, necesitaba a media tarde su medicación.
Carlos se había acostumbrado a la rutina de su compañía desde hacía 3 años. Por la mañana paseaban por el parque. Ella volvía a repetirle algún recuerdo de su pasado, ya que la memoria le fallaba a veces. Él la escuchaba y asentía sonriente antes de volver a casa y prepararle la comida. Luego limpiaba las habitaciones, baño y salita mientras ella veía la tele. Después de comer tocaba la siesta y luego se iban de nuevo al parque. A veces combinaban la rutina con visita al médico, farmacia, recetas…O iban a la floristería donde encargaban unas flores para que las llevasen a la tumba de su marido.
A pesar de que su vida había cambiado drásticamente, Carlos se había acostumbrado a ella y se sentía muy a gusto. Por eso continuaba nervioso cuando el inspector volvió a la mesa.
—Pues esto es lo que hay; usted lleva mucho tiempo sin trabajo y el banco le ha desahuciado. Ha suplantado la identidad de su hijo, supuestamente desaparecido. Un delito grave. A ella le falla algo la memoria, cosas de la edad, o tal vez se haga la desmemoriada. Porque las flores que encargaba no eran para la tumba de su marido, que la abandonó hace un lustro. Eran para las de su hijo, que como siempre se las envía a finales de noviembre desde hace 5 años. Ahora bien, no voy a tramitar diligencia alguna. Tienen que sincerarse mutuamente, ya que ambos se necesitan sin mentiras.