Ardora

María Porto

RELATOS DE VERÁN

El mar esperó.

Las estrellas fulguraban en la noche de verano en todo su esplendor. Muy a lo lejos, se quitó las sandalias y caminó por la arena de Caldebarcos. Cuando la primera ola se deslizó entre sus dedos, un puñado de luz azul eléctrica despertó bajo el agua. Sonrió. Un año más, las estrellas habían regresado para conocer el mar. Cómo habían llegado era un misterio. Ningún astrónomo notaba su ausencia en el firmamento.

Divertidas, se subían a las pequeñas olas que rompían próximas a la orilla. Allí, la espuma recomponía sus destellos rotos y las devolvía de nuevo al mar. Chapoteaban, se sumergían y se dejaban mecer por la respiración pausada del océano, como el soplo manso de una ballena. Durante unos instantes, su manto azul cubría el agua con la misma refulgencia que sus hermanas en el firmamento.

Todo seguía en silencio.

Antes del primer albor, las estrellas volvían a casa. Empapadas de salitre, ocupaban su lugar en la bóveda celeste y con un tintineo impacientes se contaban unas a otras su viaje extraordinario al mar. A lo lejos, el océano se quedó a oscuras. Paciente.