Jesús Carreira e Irene Rioseco ganan el concurso Relatos de Verán de La Voz
RELATOS DE VERÁN
Los ganadores en las dos categorías recogen los premios que conceden los lectores
19 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Los relatos de Jesús Carreira e Irene Rioseco se impusieron en la edición del 2025 del concurso Relatos de Verán de La Voz. El primero triunfó en la categoría de más de 16 años con el relato La última puerta, mientras que la segunda lo hizo en la categoría juvenil con Un verano mágico.
«La vida que había en las casas recorridas durante la infancia que, con el paso del tiempo, se fueron abandonando, quedó transformada en recuerdos», afirma Jesús Carrera para resumir la idea de su pieza literaria. Este mosense de 60 años, funcionario jubilado, apeló a la nostalgia para reflexionar sobre el paso del tiempo a partir de las viviendas que ocupamos de niños y que han perdido la habitabilidad física, pero no la existencia emocional. «Conocía el concurso porque soy suscriptor de La Voz», explica el ganador.
Su historia es curiosa, porque con 50 años decidió realizar y completar el grado de periodismo a partir de una vivencia en la estación de Vigo. «Vi como una persona corría hacia la máquina del tren, pero no era un viajero apurado por el tiempo, sino el propio maquinista. Tras subir a la máquina, un vigilante jurado le dio la orden de salida. Claro, a mi me sorprendió mucho porque tengo en mi memoria aquellos jefes de estación, uniformados, que daban la salida. Me pregunté cómo podría escribir un artículo sobre ello y decidí estudiar Periodismo. Y acabó el grado».
«La última puerta»
Jesús Carreira
«Ni siquiera hace falta salir a la calle, estar en la casa de los abuelos es lo que toda la familia necesitaba para ser feliz. Las casas de los abuelos siempre están llenas de sillas, porque nunca se sabe quién va a venir. La gente de la calle de tus abuelos es tu gente, es tu pueblo. Siempre habrá una ollita con café, o alguien dispuesto a hacerlo. Sin darnos cuenta, pasamos de ser niños jugando en el pasillo a sentarnos junto a los adultos en la misma mesa, desde el postre del almuerzo hasta el cafecito de la cena. Porque, cuando se está en familia el tiempo no pasa y ese café es sagrado.
Los reencuentros en Navidad, en torno a una mesa con comida y música de fondo. Las tertulias a la sombra en verano que cada año que llega piensas si será la última vez... Cuesta aceptar que esto tenga fecha límite, que algún día todo estará cubierto de polvo o derrumbado y las risas serán solo un recuerdo de tiempos mejores. Cuando cerramos la casa de los abuelos, damos por terminadas las tardes de alegría con tíos, primos, nietos, sobrinos, padres, hermanos que viven el ambiente que allí se respira. Al cerrarse esa puerta, damos por finalizados los encuentros con todos los miembros de la familia, llevados siempre por el amor a los abuelos.
Cerrar la casa de los abuelos es decir adiós a las canciones y dichos de la abuela, a los consejos del abuelo, al dinero que te daban a escondidas como si fuera una travesura, a reír hasta llorar por cualquier tontería... o a llorar de verdad por quienes se fueron demasiado pronto. Así que, si algún día tienes la oportunidad de llamar a la puerta de esa casa y que alguien te abra desde dentro, aprovéchala cada vez que puedas, porque entrar ahí es ver a tus abuelos, a tus tíos o a tus padres. Y si ahora nos toca ser abuelos y nuestros padres ya no están nunca perdamos la oportunidad de abrir las puertas a nuestros hijos y nietos. Celebremos con ellos el don de la familia, allí encontrarán el espacio para vivir el misterio del amor a los más cercanos y a quienes los rodean.
Llegará un momento en que, en la soledad de esas paredes y rincones, si cierras los ojos y te concentras, podrás escuchar el eco de las risas, el griterío de los chicos jugando en el patio… o un llanto atrapado en el tiempo. Y al abrirlos de nuevo, la nostalgia te abrazará, y te preguntarás: ¿por qué se fue todo tan deprisa?»
Una vida con menos pantallas
Por su parte, la imaginación desbordante de la joven ferrolana de 12 años, Irene Rioseco Cuerpo, la ayudó a alzarse con el premio en su categoría. Es la autora de Un verano mágico, un relato en el que defiende una vida con menos pantallas. En el cuento, la protagonista debe jugar sola porque sus amigos están absortos en el teléfono móvil. «Estoy jugando con unos cromos en los que sale un personaje, Bastoncillo, al que voy a visitar a su mundo», comenta. La protagonista acaba convenciendo al Ayuntamiento de que instaure una hora al día sin internet. «Me siento identificada, no me gusta que la gente esté todo el rato con el móvil», reconoce.
A Irene le encanta escribir y participar en certámenes de relatos. Recuerda la ilusión que sintió cuando Un verano mágico salió publicado en La Voz el pasado 10 de agosto. Fue su abuela, Paz quien le avisó por teléfono. «Guardo la página plastificada en casa», cuenta. Esta alumna de primero de Secundaria del instituto Concepción Arenal disfruta, además de escribir, de la música, el baloncesto y la lectura, sobre todo de cómics. Su pasión por las letras se la ha contagiado a su madre, también llamada Paz, y a sus amigos del centro educativo, que se han animado a escribir. A los relatos siempre intenta darles alguna moraleja.
«Un verano mágico»
Irene Rioseco
«¿Qué tal vuestras vacaciones de verano? Bueno, las mías no empezaron muy bien. Estaba sola todo el día porque mis padres trabajaban, mi hermano pequeño estaba en campamentos de fútbol y mis amigos se pasaban todo el día o en el móvil, o en el ordenador o en la tableta.
Por lo tanto, desde el principio del verano, le dediqué mucho tiempo a mi colección de cromos de Chuchelandia, mi libro favorito. Trata sobre un mundo de chuches que hablan y se escapan de los niños para que no les salgan caries. Os lo recomiendo.
Un día, el cromo de mi personaje preferido de Chuchelandia se salió del cromo y se puso a andar por mi cuarto.
—¿Eres Bastoncillo, el personaje de Chuchelandia?— le pregunté.
—Exactamente, vengo a hacerte compañía estos días de verano— dijo Bastoncillo—. Desde el cromo te veía triste por algún motivo. ¿Cuál es?
—Es porque mis amigos se pasan todo el día en el móvil o jugando a videojuegos. Yo, como no lo hago, estoy sola todo el día.
Nos pasamos el verano jugando. Ya solo quedaba un mes de vacaciones cuando Bastoncillo me invitó a ir a Chuchelandia. Yo acepté sin pensármelo dos veces. Cuando entramos vi que se estaba deshaciendo; todas las casas y chuches estaban incompletas.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se está derritiendo?— pregunté.
—Es porque los niños ya no leen. Solo están delante de pantallas. No solo pasa con Chuchelandia, sino, con casi todos los libros para tus edades, porque los niños ya no juegan.
Esa noche me quedé pensando en Bastoncillo. Me daba pena, así que se me ocurrió una idea. Le escribí al Ayuntamiento proponiendo una solución. Podrían hacer una hora sin conexión a internet al día y así los niños recordarían que hay más cosas que hacer aparte de estar todo el día en el móvil. La idea fue un éxito y Chuchelandia y otros libros infantiles se reconstruyeron.
Ese verano fue el más divertido que recuerdo. Quedaba con amigos e intercambiaba cromos. El único cromo que nunca intercambié fue el de Bastoncillo; gracias a él, disfruto el verano».