¿Será verdad que el adiós no existe?
Cuarenta años despidiéndose, y seguían sin marcharse. Ella por allí, él por allá, separados por la distancia y por coyunturas varias. El caso es que, tiempo atrás, habían sido uno, y la impronta perduraba.
Se conocieron siendo muy jóvenes, y en circunstancias que poco propiciaban una amistad duradera. Pero, entre calimochos, queimadas y cervezas, se miraron a los ojos y se encontraron.
Dos espíritus afines, con un pasado lleno de vacíos y un presente que ansiaba libertad. Recorrían tascas y garitos, intentando poner parches a su realidad pero, abriéndose a confidencias,descubrieron que soñar era mucho más hermoso. Paseaban por la ciudad, con sus dedos entrelazados,compartiendo sueños junto al mar.
Cuando se abrazaban, entre risas y besos, sentían un calor precioso que los abrigaba del frío ayer, y que los convertía en una fuerza única y poderosa, que se sentía capaz de hacer frente al mañana. Pero resultó que el mañana se impuso, y aquella energía vigorosa se desparramó, trazando dos caminos diferentes.
Cada uno con su vida, se han despedido y encontrado varias veces. Encuentros a distancia, extrañando el aroma de la piel y el contacto de los dedos apretados.
Encuentros turbadores, de los que nacen emociones imprudentes. Emociones compartidas, que delatan la esperanza por una vida que dirían “nuestra”. En esos cuarenta años transcurridos, nunca se han soltado de la mano.
Pilar Canosa Raña. Psicóloga. 56 años. A Coruña.