Diente de dragón

Inés Insúa Puente

RELATOS DE VERÁN

Esa noche de verano sentía algo extraño en la tripa. Tardé un buen rato en dormirme. Cuando me desperté no estaba en casa, sino en un bosque en mitad de la noche. El bosque estaba muy oscuro, pero se veían las sombras de los árboles; tenía mucho miedo.

Miré a ambos lados y divisé una cueva a lo lejos, y pensé: «¿Y si me resguardo ahí del frío esta noche? Así mañana exploro el bosque y si encuentro a alguien, le pido ayuda».

Al llegar a la cueva decidí quedarme despierta por si acaso, pero nada más sentarme, me quedé dormida. Me despertó un rugido; al principio pensé que era de un león o algún otro felino, y me interné más en la cueva para que el supuesto “felino” no me viera.

Yo iba de espaldas, mirando a la entrada de la gruta, pero me tropecé. Me caí al suelo mirando al techo. Cuando me levanté, un aire muy caliente (y aún más maloliente) me dio de lleno en la cara. Bajé la cabeza para no oler ese tufo. Entonces vi con qué me había tropezado. ¡Era un escudo! ¡Y no solo uno, sino montones de ellos y de espadas esparcidos por el suelo!

Si había armas, sería porque había algo contra lo que luchar, ¿no? Alcé la mirada y vi la cosa que más me asustó del mundo: un dragón. Por puro instinto cogí el escudo con el que me tropecé y lo levanté.

En ese instante el dragón echó una llamarada de fuego abrasador; me giré para escapar pero el dragón adivinó mis intenciones y me cerró el paso. Solo me quedaba una opción y era la que más mala pinta tenía: luchar.

Agarré una espada y ataqué, pero era mucho más difícil de lo que aparentaba. Me pasé lo que me parecieron horas luchando. Cuando sentí que iba a desfallecer tuve la suerte de acertar la estocada. Eso me dio fuerzas a mí y debilitó al dragón, así que le seguí dando espadazos hasta que cayó muerto. Estaba eufórica; había vencido donde otros habían fracasado. Para no olvidarme nunca de ese día, me acerqué al dragón y le arranqué un diente que iba a guardar como trofeo.

De repente me desperté en mi casa y pensé que todo había sido un sueño. No habría pensado lo mismo si hubiera mirado la mesilla, donde descansaba un gran diente de dragón.

Inés Insúa Puente. Estudiante. 11 años. A Coruña.