Joana oteó el horizonte. El sol estaba poniéndose en ese preciso instante, y los últimos rayos que proyectaba caían sobre las apiñadas casas situadas en la ladera de la colina.
La joven suspiró. Después de todo lo que había vivido, era una verdadera fortuna que hubiese podido llegar hasta allí. En ese momento, pese a que era verano y soplaba una brisa cálida que le acariciaba el rostro y hacía ondear sus cabellos, un intenso escalofrío le recorrió la espalda.
«No debes pensar en ello, no ahora», se dijo. Una oleada de recuerdos acudió a su mente. Se vio de nuevo frente a Marco, su pareja, que la perseguía por su pequeña casa empuñando un machete. Recordó la noche que pasó encerrada en el baño, con el cuerpo sacudido por los sollozos, para evitar que su marido la golpease. Y recordó también aquel lejano día en el que había decidido huir de aquel infierno.
En un principio no había tenido ni la menor idea de adónde dirigirse. Tan solo había pensado en correr, escapar de su oscura vida, refugiarse en un lugar donde él nunca la encontrase.
Pasaron los días, después las semanas, y entonces conoció a una amable anciana que la acogió temporalmente y le habló de aquel lugar donde cada día no era una pesadilla, donde no temías por tu vida cada vez que te despertabas por la mañana. Un lugar al que llamar hogar.
Y, al fin, había llegado. La favela pacífica, probablemente el único lugar seguro de Brasil, se extendía ante sus ojos. Allí, las mujeres habían luchado por ser libres, por acabar con los narcotraficantes y las diferencias entre géneros, y habían convertido la zona en un refugio para miles de chicas maltratadas. Allí escucharon la historia de Joana. Compartieron su dolor, y la acogieron como a una de las suyas. Y hoy, pasados tantos años, esa joven que llegó con actitud temerosa considera el pacífico enclave su lugar en el mundo. Ya no tendrá que huir.
Alejandro Sambade Caamaño. Estudiante. 14 años. Pontevedra.