Hay un hombre que está muerto y aún no lo sabe. Un anciano me ha dicho que en realidad se trata de un anuncio de seguros. Al verlo, balanceándose en un árbol del Paseo de la Castellana, no puedo sino sentir un extraño alivio. Después de todo, repartir bombonas de butano no es tan duro como pasar la jornada colgado de una acacia. Al menos yo puedo conversar con la gente, y a veces, incluso consigo algunas propinas.Hoy he madrugado mucho. He ido caminando hasta la oficina de Correos. Es fácil imaginar la caminata: desde el barrio de Hortaleza hasta el mismísimo centro de Madrid. Cuando llegué estaba sudando, sin embargo, al cabo de dos minutos de hacer cola frente a la ventanilla de giros, he comenzado a experimentar una sensación tan desagradable bajo la fría bóveda de ese Palacio que he tenido que salir por un momento al exterior, solo con la intención de recuperarme bajo el sol de la mañana, solo para deshacerme de la tiritona que apenas me permitía continuar de pie. Dos minutos solamente. El tiempo suficiente para que de nuevo, otro anciano que también había madrugado tanto como yo, me confirmara que aquel hombre que se balanceaba por el cuello en una acacia del Paseo de la Castellana, no estaba anunciando ninguna póliza de seguros sino que estaba muerto de verdad, desde hacía seis horas. Muerto sin que nadie prestara la más mínima atención a su morbosa presencia, ni a la letra minúscula con la que, sin duda, estarían escritas las cláusulas de su insignificante historia.
Antonio Polo González. 64 años. A Coruña.