29-C


-¿Y qué tal llevas la distancia?

-Ah, yo, muy bien. Sí, sí. Yo desayuno, voy al gimnasio, mi rutina.

-Ya, yo también.

-Nos llevamos muy bien, muy bien, pero le tuve que decir que estuviese más pendiente, ¿sabes? Porque a veces estás más mimosa. Ahora nos escribimos: «Gordi, ¿que has hecho?; Gordi, ¿estás en el avión?; Gordi, ¿cuándo vienes?

-Ya, sí, bueno, a mí no me gusta nada que me estén encima y tampoco me gusta estar encima de nadie. Soy muy independiente.

-Ya. Y yo, pero...

-Yo tengo una relación muy abierta. Mi chico y yo salimos por ahí los dos de fiesta en el pueblo donde vivimos, pero cada uno con sus amigos.

-¡Ah, claro! ¿Y en qué pueblo vivís?

-En Ordes.

-Ah, ahí hay una orquesta.

-No sé.

-Sí, sí. Yo es que tuve un novio gallego y les encantan las orquestas

-No, yo no soy muy de orquestas.

-Pues en Galicia son muy famosas las orquestas, les encantan.

-No sé. ¿Cuántos paninis quedan?

-Solo uno, tía.

El asiento 29-C, o 29 charlie, como dijo en alto la azafata afónica que me pidió el billete y el DNI al embarcar, está al final del avión. Ahí es menos seguro, todo se mueve más o eso me dije porque me aterroriza volar y por eso, desesperado, me agarré a esta maravillosa conversación que sucedía detrás de mi oreja, entre dos azafatas, una sevillana y la afónica del embarque. Empezaron poniendo a parir a la famosa Yanira, que además de ser azafata, baila. Luego bajaron la voz, creo que para criticar a la empresa pero no sé cómo acabaron leyendo en alto el horóscopo del ex de la sevillana, para ver cómo le iba a aquel chico gallego. Aunque el ingeniero que diseñó el aparato se hubiera sentado a mi lado, aunque me hubiese tomado el ansiolítico más eficaz, maldita sea, aunque el mismo Dios fuera el piloto de ese avión, yo jamás me hubiera sentido más relajado que escuchando esa serie de tramas sencillas, saltando de una a otra, como en un sueño, con los ojos cerrados en mi asiento. Nunca he estado tan agradecido a dos desconocidas, deseando que leyeran mi signo, odiando a Yanira, en el verano en el que al menos durante un rato yo también fui una de ellas.

Gonzaga de la Calle Muñoz. Abogado. 37 años. Vigo.

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