Los tintes del cielo


Juan, de 10 años, conversaba con su madre durante el bombardeo:

-Madre, nunca te he visto sonreír. ¿Por qué, madre, es que no me quieres? -El niño rompió a llorar-.

-Algún día... -miraba a ninguna parte, invadida por el desconsuelo-.

La sonrisa representa la madurez y la experiencia de vida. Por eso, los adultos no la portan en su gesto.

-Madre, tengo miedo. ¿Cuándo va a parar este ruido tan molesto? -Preguntaba, mientras su escuela se veía apagada por una de aquellas armas letales-.

-Pronto, cariño -mintió Alicia, mientras Elisa y su hijo Esteban, familia vecina, se acercaban.

Las bombas caían y dejaban tras de sí un destello en el cielo anaranjado y, aunque de color vivo, triste.

Sonaban tan cerca que una alcanzó a las dos familias, y aquellas desesperadas madres, en un intento de proteger a sus respectivos hijos, cayeron al empedrado, y de entre sus labios escapó un suspiro, como si de su último halo de vida se tratase.

Un gran tumulto se extendió alrededor de los dos cuerpos.

Esteban y Juan quedaron apartados, observando la verdadera cara de la guerra; un tiempo triste y maquiavélico que arrasaba con todo a su paso. Ahora contemplaban en lo que los humanos se habían convertido y lo que habían sido capaces de crear. «Por favor», era lo único que lograban articular. Sus cuerpos y lágrimas conseguían enternecer y apartar a las almas pululantes, cuando las mujeres se incorporaron simulando muñecos de trapo descosidos y vacíos.

-No, mami -dijo Juan y tomó la mano de su madre-.

-Tranquilo, cielo. Siempre te cuidaré. No dejaré que sufras -susurró Alicia, formando la postrera sonrisa-.

Los equipos médicos se hacían ver mientras las almas de aquellas mujeres se elevaban, dejando a los cuerpos inertes en el frío asfalto.

Y mientras la noche caía y todavía los corazones sangraban de amargura, desde el horizonte se atisbaban las sombras de varios hombres que arrastraban a los niños, débiles, sin fuerzas, hacia un destino cierto.

Finalmente, solo el cielo y la tierra herida recordarán lo que sucedió en aquellos fatales días.

Y la humanidad repetirá de nuevo todos sus errores.

Ana Piñeiro Vilas. Estudiante. 15 años. A Coruña.

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