Historia de una vida en «boite»

Julio César Carballada Arias

RELATOS DE VERÁN

02 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Año 1978 d. C, con la libertad recién estrenada para ir a las discotecas, conocidas como boite.

Nuestra economía tenía como característica permanente la escasez de efectivo, no teníamos ni un duro. La falta de dinero disponible nos obligaba a llevar a la discoteca una o varias botellas de calimocho. Si no sabéis lo que es, a Google.

Que lo sepan los jóvenes de hoy, la necesidad nos obligó a inventar el botellón. La discoteca tenía una pista circular rodeada por un pasillo de circunvalación al estilo de la M-30. Empezaba la fiesta con música y a bailar. Sonaba Pink Floyd, te ibas a toda prisa para la pista, estirabas el brazo izquierdo levantándolo a la altura del hombro y bajabas el brazo derecho a la altura de la cadera como si tuvieras entre tus manos una maravillosa guitarra. Estaba muy bien visto que cerraras lo ojos y flexionaras un poco las rodillas, echando la espalda hacia atrás, lo justo para no caerte.

Cómo te lo pasabas, te parecía que lo hacías mejor que nadie, todos los chicos hacíamos lo mismo y todos pensábamos que éramos los mejores. Las chicas se reían.

Conté una noche 201 vueltas a la M-30 preparándonos para la gran ocasión: el gran momento de intentar ligar. No sé cómo se hace hoy, pero lo nuestro era un desastre. En un momento de la noche, ponían una canción, ni lenta ni movida, de las que valen para todo. Este cambio nos decía que venía la música perfecta para bailar agarrado y en parejas.

Llegaba el gran momento: sacar a esa chica a bailar. Íbamos todos los amigos en fila, el más guapo el primero, yo siempre el último. El estilo era muy pobre. Mi amigo, el más guapo, sacaba a las chicas a bailar diciendo: «¿A que no bailas, a que no?». El resultado os lo imagináis.

Ir el último te permitía reaccionar y cambiar la frase, si simplemente sonreías y decías, «¿bailamos?», solías tener más éxito.

Lo habías conseguido, te ibas a la pista con la chica. Tus manos en su cintura, las de ella en tus hombros y a bailar. Después de un minuto intentabas pasar las manos de su cintura a la parte baja de su espalda. No te dejaba y empezaba la conversación. Tú le decías: «¿Estudias o trabajas?». Si tenías suerte, ella levanta la cabeza para alcanzar tu mirada y te contestaba: «Ya lo sabes, voy contigo a clase». Tú arqueabas una ceja como diciendo: «No se me ocurrió otra cosa».

Seguía la conversación: «¿Vienes mucho por aquí?». «Pero si me ves todos los sábados…». Y así pasaban las noches de los sábados. Las semanas. Los meses. Los años. Y por fin nos casamos.

Julio César Carballada Arias. Prejubilado. 60 años. A Coruña.