Su situación es desesperada. En la enormidad de aquella pared prácticamente vertical, tan blanca y resbaladiza, ella, minúscula y aislada, se esfuerza en mantenerse firme y evitar escurrirse, fatalmente, hacia el abismo. Pero ya ha aguantado demasiado y la caída parece inevitable.
Sin cuerdas, sin ganchos, sin piolet, sin crampones o cualquier otro recurso técnico, solo cuenta con la fuerza de su cuerpo. Su alma está vacía, no hay en ella amor, odio, deseo. Ni siquiera el miedo que parecería tan esperable en sus circunstancias. No hay concesiones a ningún tipo de sentimiento. Tampoco su cuerpo parece importarle ya mucho. Está sola y completamente concentrada en el esfuerzo de mantenerse sujeta, de aguantar un instante más y no caer al vacío. Para todo lo demás es, de hecho, cómo un ser transparente.
Se diría que hay un anhelo de inmortalidad en esa lucha condenada al fracaso. Y, siendo tan admirable, tan perfecta en la entrega y dedicación de todo su ser, me pregunto si no habrá ya establecido contacto con lo eterno. No lo sé.
…Pero lo que sí sé es que tengo que cerrar ya el grifo y terminar mi ducha. Y dejar de pensar cosas raras de esa gotita de agua que, salpicada sobre los azulejos de la pared del baño, va resbalando…
Félix Tojal del Casero, médico, 59 años, Vigo.