Abre, cierra


El otro día fui al dentista y juro con una mano puesta sobre la colección de Manolito Gafotas, que lo que cuento es verdad. La consulta está en un piso, así que para entrar hay que usar el telefonillo del portal. Timbraba con fuerza, sonaba pero la puerta no se abría. Insisto un par de veces más. Nada. Sigo pulsando mientras mi mente se dedica a temas existenciales como qué cinco sacaría esa noche Laso para ganar la Liga. Cuando el mosqueo estaba alcanzando su punto culmen, me doy cuenta del problema. Lo que sonaba no era el telefonillo, sino la puerta abriéndose. Pulsaba con tanta intensidad que se solapaba el sonido con mi dedo perforando el botoncito. Entro terriblemente avergonzado. Llamo al ascensor. Me miro en el espejo como un padre mira a su hijo después de haber suspendido hasta el recreo. Se abre la puerta. Salgo. Miro a los dos lados. Ni rastro del cartelito de «Odontólogo». Timbro en la primera puerta que veo. Esta vez lo hago con una ejecución perfecta, limpia y delicada. «Ding, dong». Pregunto con una amable sonrisa dónde está el dentista. «Pues donde siempre, en el piso de abajo». Me desmorono totalmente. La imagen es desoladora. El dentista esperando en la puerta, viendo cómo el tío que casi revienta el telefonillo llega al primero bajando del segundo. No sé cómo afrontar la situación. Lo solvento con un «Hola, menudo calor, ¿eeehh?». Buena jugada. El nerviosismo se apodera de él. En la consulta trato de remediar la situación sacando lo mejor de mí. Si me pide que abra la boca la abro hasta límites insospechados. Si me manda cerrarla no tardo ni un segundo en dedicarle la mejor de mis sonrisas. Si tengo que mirar hacia arriba fuerzo los músculos hasta convertirme en la niña del exorcista. Todo esto mientras veo en sus ojos cómo está deseando atravesarme el pecho con sus juguetitos. Después de unas cuantas idas y venidas me dice que: «Vamos (va) a tener que sacar las muelas del juicio pero es peligroso porque justo al lado nos (me) pasa un nervio que si lo dañamos (daña) nos (me) va a causar una parálisis facial». Ni me inmuto. Lo único que quiero es salir de allí con parálisis o sin ella.

Ramón Dorrego Fernández de Soto, estudiante de Derecho, 20 años, Ribadeo.

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