Con mordisco


El otro día me bañé. Fue un baño genial. En el mar, un paisaje azul profundo y amplio que hace que parezca que estés volando. Me desnudé. A pesar de mi ombligo herniado tras los partos y de no estar bien depilada.

Me desnudé porque todos los demás peces, sin excepción, estaban desnudos. Ninguno llevaba bañador ni biquini ni ninguna tontería del estilo y parecían no tener ningún complejo ni prejuicio. Me dieron envidia.

Después me dediqué a dejar que mi cuerpo en pelotas se arrugara por completo mientras hacía el muerto e intentaba seguirle la respiración a las olas. Pausada, muy pausada. Tan dentro del mar estaba y tan cerca del cielo que empecé a sentirme en plena comunión con la naturaleza, con el mundo. Como un bichito más, arrugado y en paz, mirando al sol desde de un rinconcito del mar. Hasta que, atraída por tanta conexión, vino una medusa y me picó no una, sino las dos piernas.

Salí del agua y me fui corriendo al chiringuito más cercano. Un camarero muy amable me llenó las dos piernas de vinagre. Se me pasó el dolor e inevitablemente llegó la vergüenza, porque yo nunca había estado desnuda en un chiringuito lleno de gente y con las piernas cubiertas de vinagre. En fin, que me volví al mar. Sintiéndome, eso sí, muy afortunada, y es que no a todo el mundo el mar le devuelve el beso. Aunque sea un beso con mordisco.

Ana Marqués Parrilla, profesora de Lengua y Literatura, 37 años, Madrid.

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