Todas las declaraciones coincidían: Tobías Musat varió su monótona vida justo el día de su muerte, cuando cruzó la calle hacia la librería de Juanma y permaneció en ella más tiempo de lo habitual. Después no paró en la cafetería de Menchu ni le dedicó el habitual guiño al vendedor del cupón.
Cuando se cruzó con la florista, su mirada tímida la evitó, y aunque llevaba un libro, pasó de largo su banquillo favorito. Además, todos coincidían en que hasta aquel fatídico día, nadie le había visto los dientes, por lo que aquella novedosa sonrisa con la que había salido de la librería, que mantuvo inalterable incluso cuando lo arroyó el autobús y que soldó juntó con su cuerpo contra el contenedor azul del papel, les pareció tétrica y premonitoria. Se le habían salido los zapatos de los pies; varios objetos personales quedaron esparcidos por la acera, pero murió abrazado a su libro.
Juanma llegó al lugar escasos minutos antes de que lo hiciera la ambulancia y murió escasos minutos después aplastado por ella, cuando lloroso y tras hacerse con los objetos personales de su amigo, prensó su vida con la misma celeridad que el vehículo de emergencias pretendía salvar otra. El duelo vecinal encontró hora y santuario al anochecer, cuando una lectura póstuma entorno al puesto de cupones y aderezada por el café de Menchu, puso freno al camión de la recogida de basura, que descontrolado, los barrió a todos.
Las decisiones judiciales llegaron al día siguiente tras la muerte de la florista. Un taxi la arrollaba mientras leía un ejemplar de aquel libro… en aquel banquillo.
Oficio: Juzgado de Instrucción Nº-1. EJ Ejecutoria 00000/01/2019: «Extrémense las medidas de precaución en el barrio de La Esperanza, y que se localicen, requisen y destruyan todos los volúmenes que autoeditó Tobías Musat de su novela Servicio Público».
Benjamín Hermida González, funcionario, 59 años, Narón.