Anochecía en el momento en que decidí salir a dar un paseo. A lo largo del día había proyectado el sol sus rayos con perseverancia, pero tan pronto pisé tierra firme -¿accioné un interruptor?- la niebla cubrió la ciudad.
Ascendí la colina dispuesto a enfrentarme a Babuxa. Pasada una hora me senté en el banco del muro del convento de la plazuela de las Bárbaras. Al poco rato escuché tras la pared un rumor desordenado de pasos y voces. Un grito perforó mis tímpanos. Me levanté como si tal cosa y reanudé mi periplo nocturno.
La circunstancia, en vez de asustarme, despertó mi apetito y en un repaso mental a los establecimientos que a aquellas horas pudieran estar abiertos, escogí una pulpeira del barrio de Monte Alto. Degustaban mis neuronas el condimento de pimentón y sal en el instante que atravesaba la cancela del cementerio de Santo Amaro y, sin solución de continuidad, me hallé depositando una flor sobre una blanquecina lápida coronada por un ángel de mirada polvorienta.
Renové el rito sin interrogarme sobre su significado y salí del recinto con la sensación acrecentada de sequedad en la boca.
Puedo esperar turno sin mostrar gestos de impaciencia, pero entre aquella cantidad de gente agolpada en mesas y barriles reclamando a gritos ser servidos, empecé a sentir sensaciones de las que nunca antes me había percatado. Los camareros se movían de aquí para allá arrojando las tablas de madera y las jarras de Ribeiro delante de los comensales y estos deglutían como caníbales lo pedido. El calor era asfixiante, el oxígeno irrespirable, ante la desproporción de seres humanos y cefalópodos congregados en el pequeño local.
La ira brotó de mi interior. Perdí el conocimiento. Lo primero que recuerdo es la Praia das Lapas y el sonido en la distancia de las sirenas de ambulancias y coches policiales.
Me lancé desde un peñasco a las aguas plagadas de algas: por fin saciado, una placentera sensación de frescor recorrió mi cuerpo al retornar a la profundidad abisal.
Eduardo Dopico Prego, 55 años, educador, A Coruña.