Desperté en medio de lo blanco. Cuatro paredes blancas impolutas. Un blanco sin fisuras, hermético. Ni una ventana. ¿Desperté? No estaba seguro. Me sentí encerrado entre cuatro paredes blancas de nieve que dañaban mis ojos. Mis brazos pegados al cuerpo. Mis brazos embutidos en unas mangas atadas que no podía mover.
¿Cómo había llegado hasta allí? Recordaba… ¿Recordaba? No estaba seguro de nada. Antes, ayer, hoy, mañana, ¿mañana, qué? Mañana, no. Hoy, ahora. Atado, atado de pies y manos. ¿Quién? Sí, quién me había dejado en esta horrible situación.
No alcanzaba a comprender. No podía pensar con claridad. Pensamientos turbios, confusos, bailaban en mi cabeza. Ni siquiera eran pensamientos, porque no los coordinaba. No sabía ni quién era, ni cómo me llamaba, ni si era un hombre o una mujer.
De pronto, se dibujó un triángulo oscuro en el suelo. Levanté la vista y era la sombra de una puerta que se abría. Dos hombres de blanco vinieron hacia mí sonrientes. Me fijé en su sonrisa. Necesitaba una sonrisa humana. No dijeron palabra, solo abrieron las cremalleras que había en cada una de las mangas que me mantenían prisionero y con unas jeringas, que yo no había visto hasta entonces, me inyectaron una sustancia lechosa, densa… antes de caer en un sueño profundo me pareció oírles decir:
-El jefe va a conseguir lo que se propone con semejantes dosis de caballo.
-Por lo visto, no le interesa que esté cuerdo para sus planes. Aquí dentro ocurren cosas…
-¡Qué nos importa a nosotros lo que se hace aquí dentro! Ni oír, ni ver. Solo callar…
Me pareció… haberles oído decir… unas palabras roncas… desdobladas…
Anna Agustí Farré, jubilada, 76 años, Ares.