Tomás Ferreira Rodríguez. 64 años. Vilagarcía de Arousa. Profesor de inglés jubilado
19 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Luis empezó a dar muestras de un extraño comportamiento por primera vez un día que, subiendo en ascensor al piso de la oficina donde trabajaba, le dijo al ascensorista, que había presionado, como siempre, el botón del piso 3:
-Dale al 4; la programación es mucho mejor.
A partir de aquel día, en las reuniones de ejecutivos de la empresa, solía sacar del bolsillo de su chaqueta un control remoto de televisión, lo dirigía hacia la persona que hablaba y añadía:
-En todos los canales dicen tonterías hoy los presentadores. Cambiaré de canal. Ya de baja, se parapetó en el sofá del salón de su casa frente al televisor, que veía sin interrupción. Marta, su mujer, que ya no podía más, se plantó un día con los brazos en jarras en el umbral de la puerta del salón y le gritó:
-¡O la tele o yo!
Luis giró lentamente la cabeza, le dirigió una mirada esquinada y una sonrisa maléfica, y luego añadió:
-No somos reales. Tú y yo no existimos. Somos personajes ficticios. El único mundo real es el de la televisión.
Luego se sumergió en su mundo catódico. Marta, sin entender muy bien aquellas enigmáticas palabras, pero aterrorizada, se precipitó hacia la puerta de salida. Cuando la policía llegó al piso, Luis, que estaba abrazado amorosamente a la televisión, miró pero no vio a los policías. Sus ojos, arrasados en lágrimas, eran como dos agujeros negros que miraban al vacío y gimió cuando quisieron separarlo de su querido aparato, por lo que decidieron llevarlos a ambos, así juntos, en afectuoso abrazo, al hospital psiquiátrico. Siguen aún allí.