El cerezo


Conservo en mi pensamiento, por la frescura de su fondo, el recuerdo de una realidad vivida hace mucho tiempo.

Mi primer trabajo como maestra en una aldea remota. No había patio de recreo y el local escolar limitaba con el cementerio. Allí íbamos a corretear y a entretenernos en nuestros descansos. Al principio me sobrecogía que los niños pisaran las tumbas. Yo tenía más cuidado. Observaba los nombres, algunas no tenían ni eso, y pedía a los chiquillos respeto. Este pudor se me pasó cuando al cabo de los días observé que en horas de no recreo pastaba a sus anchas un borriquillo que se nutría con los hierbajos que nacían entre las piedras.

Dejé mis respetos y cambié el lugar de recreo a un espacio más limitado a la entrada del local, donde había un pequeño cerezo y allí nos contábamos cuentos e inventábamos juegos que no requerían espacio sino imaginación.

Pasado el invierno observábamos el árbol con sus brotes tiernos, que luego se convertían en flores y más tarde en jugosas cerezas. Resultaba hermoso observar la belleza de las florecillas nuevas en las mañanas que entumecían las manos y los pies de los chiquillos poco abrigados. Más tarde, en el suelo se mezclaba la alfombra de pétalos con el brillo de la escarcha y aún tardaba el tiempo en que los primeros rayos de un sol todavía tímido hiciera brillar las diminutas esferas que luego lucirían rojas bajo el calor de la primavera.

Estos recreos fueron tiempos de felicidad. Llevábamos una cesta pequeña y algún chiquillo más atrevido se subía a las ramas más bajas y desde allí dejaba caer los frutos brillantes que luego distribuíamos entre todos con grandes risas y sano disfrute. Jamás podré olvidar los sabores, los olores y las risas, la natural alegría de lo sencillo. Fueron momentos de placidez que todavía me hacen sonreír al pensar que aquellos chiquillos quizás sonrían, como yo, al recordar las cerezas brillantes que hacían más llevaderas la tabla de multiplicar y la conjugación de los verbos.

Antía Montenegro Criado, A Coruña. Pensionista.

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