La boda


En el momento de intercambiar los anillos, el suyo se deslizó entre mis dedos, cayó al suelo y empezó a rodar por el pasillo central de la iglesia, el mismo por el que hacía unos minutos yo había llegado hasta el altar. A medida que avanzaba, rodaba más y más deprisa en lo que parecía una carrera de velocidad, desandando el trayecto que yo había hecho poco antes. En unos segundos llegó hasta la puerta de la iglesia, que permanecía entreabierta para intentar aliviar, el menos en parte, el calor sofocante de aquella tarde de agosto, y la cruzó a toda velocidad. La alianza, de oro blanco por expreso deseo del novio, continuó su descenso por la escalinata que accedía al templo. Yo había salido corriendo tras ella, por lo que, a ojos de los asistentes, parecía una novia a la fuga. Asistí perpleja a su descenso a saltitos por las escaleras de la iglesia y vi cómo caía justo dentro de la alcantarilla que había al final de la acera.

Regresé al interior de la iglesia más pálida que mi vestido ante la cara de incredulidad de todos los invitados, aún sorprendidos por mi huida y más atónitos, si cabe, por mi regreso. Al explicar lo sucedido, los asistentes quisieron restar importancia a aquella señal inequívoca de mala suerte. Aún más, intentaron, uno tras otro, prestarnos una alianza que sustituyese, temporalmente, a la original. Sin embargo, el calor había hinchado exageradamente los dedos de todos los allí presentes e hizo imposible que nadie pudiese quitarse ningún anillo. Finalmente, improvisamos uno con una anilla de una lata de cerveza, que mi hermano encontró en el fondo del bolsillo de la chaqueta de su traje, lo que hizo evidente que no lo había llevado a la tintorería, como me prometió.

Al intentar ponerme la alianza, mi futuro marido me cortó ligeramente con el borde de la anilla y una gota de sangre manchó mi vestido de novia, a lo que alguno de los invitados reaccionó susurrando: «¡Qué mala suerte, pero qué mala suerte!». La frase, por efecto del eco del interior de la iglesia, llegó a oídos de todos repetida una y otra vez: «Qué mala suerte, qué mala suerte, qué mala suerte, qué mala suerte…».

El resto de lo que quedaba de ceremonia transcurrió sin más incidentes.

-Señora Osmond, perdone, ¿se encuentra bien? Recuerde que debe firmar aquí -el abogado de mi divorcio me indicó un hueco en blanco al final del último documento, que debía rellenar con mi firma.

Raquel Puente Carballo, 45 años. Alemania. Periodista.

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