Su boca


Él esperaba sentado, no estaba haciendo nada extraordinario, como cada mañana, como casi todas las mañanas de todos los días, de todos estos últimos días de su vida. Alargó la mano hasta su cuello y notó una pequeña molestia, un leve picor que quiso ahuyentar con un, a su vez, leve movimiento de mano sobre él. El roce de sus dedos sobre su cuello volvió a traerlo de nuevo a ella, mejor dicho, volvió a traer el recuerdo de su boca, de la boca de ella a sus pensamientos. Su boca en su cuello, su boca besando su cuello lentamente, besos que siempre comenzaban ahí, para terminar muriendo en su boca, en la de él.

Qué lejos todo aquello y qué cercano a la vez, en ese preciso momento. Los recuerdos son fantasmas que terminan por asaltarnos en cualquier instante. Fantasmas que siempre están ahí, que nunca desaparecen, que se conjuran, que conjuramos a través de las palabras, a través de las acciones. Fantasmas que se transforman en compañeros de viaje de la propia vida. Pensó en su boca, y en cómo le gustaría volver a besarla. Besar y sonreír, besarla y sonreírle, como tantas veces. Reírse por ser feliz, por pensar que lo tenía todo y aún mucho más, por creer que todo puede durar siempre, olvidando que siempre, a veces, puede durar apenas nada.

Ansió saber si su fantasma también le asaltaría de vez en cuando, si más allá del inquebrantable silencio que levantó en su contra, su boca también se le aparecería en algunos momentos. Vanidad de vanidades, quiso, deseó continuar siendo para ella, al igual que ella, la boca de ella, continuaba siendo, morando en él.

Siguió sentado, tocando su cuello, mientras sus ojos, sin enfocar nada, miraban hacia dentro. Quiso quedarse allí, en ese dentro donde ella seguía habitando, donde lo terminado seguía palpitando, donde las cosas aún podían ser. Por un instante creyó que la palabra fin no existía, y que las puertas del quizás, del tal vez, del puede ser, volvían a abrirse de par en par, para iniciar o simplemente para continuar con aquella espera. Pero nada de eso iba a pasar, lo sabía, así que… continuó esperando sentado.

Raquel Villanueva Lorca, 48 años. Mugardos. Auxiliar de enfermería.

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