Tabaco y ventolín


Un día como otro cualquiera, entre cuatro paredes de un sórdido estudio sin nombre, donde habitualmente yo miraba sin ver, encontré un guiño de realidad, de despertar. De un momento a otro, y como si mis ojos fuesen capaces de intuir el desastre, se dirigieron hacia el paradero oeste de esa imagen insólita; un paquete de tabaco y un ventolín. Un concepto que, al principio, tan solo consiguió despertar en mí una inmensa y desmedida carajada interior.

Más tarde, una dosis de realidad, por lo tanto, todo lo contrario. Una incongruencia paralela. Una metáfora de la vida misma. Que no constituye otra cosa que una prueba evidente de la incoherencia humana. Nos falta el aire, nos cuesta respirar, y aun así, no trabajamos en desterrar aquello que contamina nuestro oxígeno, que nos daña y destruye, sino que seguimos tentando a la suerte, firmando pactos con la desgracia. Pero, señores, aun así pretendemos seguir sobreviviendo. Curioso, ¿verdad? Ojalá fuese solo eso: un choque inclinado al delirio, que refiere a nuestra condición de contradictorios en determinadas situaciones.

El problema es, que pese a lo que podemos desear, no es un hecho  insólito, aislado. Sino que constituye un espejo de la realidad tal y como la conocemos. O bien por naturaleza o bien por casualidad, nos hemos conformado a partir del matrimonio obligado de las incongruencias. Uniendo inexplicablemente tesis y antítesis; inconscientemente y contrariando al gran Hegel. Practicamos el autoengaño y somos capaces de creer todo cuanto  escuchamos, venga de quién venga. Damos vueltas el círculo en lugar de seguir el camino recto. Nos perjudicamos pensando que con ello podemos ganar. Pero, señores, de nuevo nos equivocamos. Y mucho. Jugar con lo que consideramos peligroso no nos hace invencibles. Perjudicarnos nunca conlleva a un beneficio, y si lo hace, nunca compensará los daños inexplicablemente perpetrados.

Tenemos una vida, un corazón. Bailemos, cantemos, riamos, lloremos, sintamos, vivamos… Pero antes, pensemos. Tenemos en nuestra mano cosas capaces de perjudicarnos profunda y verdaderamente. Y en la otra, la llave, la oportunidad de expulsarlas de nuestra realidad, para configurar tratados libres de autolesión. Quedémonos con la llave en vez de cerrarnos puertas. Recordemos  que la tranquilidad del aire que emana del ventolín, nunca servirá de nada si no prescindimos del humo color azabache que tinta de negro la esperanza, la vida. Ahora bien, ¿tú, con qué te quedas?

Paula Ramos Barral, 18 años. Estudiante.

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