El Capellán

Belarmino Pérez Martínez

RELATOS DE VERÁN

Belarmino Pérez Martínez. 84 años. Porto do Son

30 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

El Capellán, hermano del joven Martín, practicaba, con sano juicio, la prudencia y nada comentaba con su hermano respecto a la notable ausencia de su novia, evitando que se especulara de manera interesada sobre su falta de interés en cumplir, en cierto modo, con su deber de ejemplar cristiana.

Por esta vez, el Capellán presidía la mesa. Su hermano Martín asaeteaba a su madre con la mirada, sonriendo al ver cómo sus manos manejaban los pucheros con sobrada destreza.

Su padre era el que más exigente se mostraba refunfuñando a cada segundo exigiendo la comida.

-No sé por qué rara condición los domingos se ha de comer más tarde de lo habitual.

-Tus quejas son injustas -respondió su mujer-. Es mala costumbre que, vosotros, los hombres, habéis impuesto y no seré yo quien la retire. Después de misa, la taberna, sin olvidar la tertulia, para acabar entrando en casa bien avanzada la tarde, cansados como si hubierais hecho fecunda labor justificando la deshora por motivos de dar un poco de descanso a vuestras mujeres.

-No es verdad -se defendió su marido-. Siempre he sido puntual en todo. A la hora del trabajo y al sentarme a la mesa.

-Tienes las ideas en desorden y no recuerdas los años mozos. Mírate al espejo de Martín y verás como los días festivos cuánto le cuesta entrar en casa.

-¡Ea, madre! -dijo Martín, un tanto alterado-. No me metas en baza.

-Es verdad lo que dice madre -intervino su hermano Capellán-. No es frecuente encontrarte en casa a estas horas. Cuando...

-¿Qué otra cosa puede hacer? -lo interrumpió su padre-. Hoy le falló la novia.

Justo en ese momento, un pretendiente de la novia de Martín, de corazón áspero y turbio, mantenía desapacible conversación con la joven.

-Eres injustamente cruel conmigo -manifestó Nanel, de corto nombre, tan limitado como su escaso entendimiento-. Nuestro amor debe ser verdadero. Si no se puede servir a dos amos, el amor tampoco se puede compartir.

-Yo pertenezco a mí mismo y nunca he sido posesión de nadie -respondió airada la joven.

Nanel la encontró enormemente atrayente y seductora y, en un arrebato de un descontrolado apasionamiento, se acercó a ella sellándole la boca con un impetuoso y arrebatador beso, siendo bruscamente rechazado.

-¡Te comportas como fiera acosada! ¡Vete de mi vista, repugnante libertino!

Pocas dudas le cabían de que Nanel había entrado en el laberinto de los celos.

La joven sobradamente sabía que el hombre, desde el más lejano amanecer hasta el más cercano acontecer, había, por este motivo, llenado páginas de violencia y, en su ofuscada mente, tomado a la mujer como víctima subyugada a su capricho para acabar finalmente ahogándola en sus propias miserias.