El último

Gustavo Eduardo Green Sinigaglia

RELATOS DE VERÁN

Gustavo Eduardo Green Sinigaglia. 62 años. Argentina. Realizador cinematográfico

25 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Ulrico Zuzolsky era el último de la lista. «Si al menos me hubiese llamado Zubizarreta o Zúccero…», se lamentaba. Además por ser el más alto era el último de la fila y, claro, su gran cuerpo pesado lo condenaba a ser el más lento en todas las carreras… el último.

Esa desdicha la arrastraba de pequeño (nació un 31 de diciembre a las 23.59 horas y fue el último de seis hermanos); realmente lo acomplejaba. En los primeros años trató de sobreponerse, intentó sentarse en los primeros bancos de la escuela, pero su gran porte tapaba a los compañeros de atrás, adujo miopía -para conservar su lugar- y la maestra lo envió a realizarse los controles pertinentes. Efectivamente, el oculista encontró una dolencia (muy extraña) que le exigía alejarse lo máximo posible para visualizar correctamente (le recomendó sentarse en las últimas filas de cines y teatros).

En la adolescencia comenzó terapia con el licenciado Aarón Abad (el nombre fue su esperanza), con consultorio ubicado en el último piso del último edificio que se construyó en el pueblo. La primera sesión fue la última (el psicólogo fue detenido por usurpación de título). «¡Lo último que me faltaba!», rezongó el joven.

Se casó con su última novia y fue el último en enterarse de que lo engañaba. Consiguió trabajo en el semanario Últimas Noticias, en el turno noche. Las cosas parecían mejorar, el último día del mes le habían ofrecido cambiarlo al primer turno. Esa noche salió tarde (después que todos), pero contento con la novedad. Corrió lo más rápido que pudo a esperar el colectivo (aunque pensó en quedarse a esperar el primero de la mañana). En la serenidad de la noche sintió un arma sobre su espalda. «Dame la plata, yo sé que hoy cobraron», le espetó con firmeza el delincuente. «Yo no cobré, te lo juro, yo… cobro último». El hombre sin escuchar su ruego, le descerrajó la última bala de su cargador y lo ultimó.

Los amigos se acercaron a brindarle el último adiós. «Él es el primero… después nos va a tocar a todos», sentenció un compañero de voz ronca. En el rostro falleciente de Ulrico pareció dibujarse una sonrisa.