Miguel Cumbraos Álvarez. 49 años. Sarria. Docente
25 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Sabía su papel en el equipo. Era lo que en el argot ciclista se llama un gregario, el fiel escudero del jefe de filas. Preparado para acatar las órdenes del director y desempeñar su función en todas y cada una de las etapas.
Atrás quedaba su época de juvenil, amateur, donde ganaba, mandaba, lideraba. El paso al terreno profesional, poder vivir del deporte en el que se había iniciado casi de casualidad, lo obligaba a una misión secundaria, muy diferente a la vivida en su anterior fase en este deporte.
Pero aquel día vio cómo la ocasión había que aprovecharla, que el tren solo pasaba una vez. Casi de casualidad se vio inmerso en una fuga con otros corredores, en una etapa larga, muy propicia para las aventuras en solitario o de pocas unidades. Eran cinco corredores, quizás todos con las mismas pretensiones.
Tras unos cuantos kilómetros de asfalto ancho y llano, el rutómetro de aquel día dibujaba un cambio de escenario, buscando una pronunciada montaña. La carretera picaba hacia arriba. Pensó fríamente que el ciclismo era en muchas cosas como la vida, instantes fugaces donde la alegría era tan solo cuestión de segundos, de metros, de sensaciones.
Se puso de pie en la bicicleta, escogió la catalina y el piñón apropiados, demarró con fuerza, sorprendiendo a sus compañeros de fuga. Y se fue, buscando la cima de aquella ascensión.
Era su lucha singular, una batalla contra sí mismo y contra todos, buscando reivindicarse y poner en práctica aquello aprendido en libros de psicología actual. La felicidad del instante, el disfrute del momento presente, el carpe diem...
La carretera se retorcía, serpenteaba, como cruzando con una banda de color gris aquella postal verde. Al fondo, la montaña, allí donde estaba emplazada la cima a superar.