Raquel Rodríguez Espiño. 47 años. Santiago de Compostela. Economista
24 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Era nuestro último día de vacaciones de aquel verano. La brisa era suave y la temperatura cálida en la playa de A Frouxeira. Las gaviotas habían hecho su tournée a la captura de las migas de nuestros bocadillos mientras nosotros permanecíamos sobre las toallas, cada uno con su Astérix, reposando la merienda. Pero, de niño, el tiempo es eterno, y la relajante lectura pronto dio paso al aburrimiento. Como todavía hacía calor, le insistimos a mamá con volver a bañarnos, «porfa, porfa, que es el último día», «venga, anda, que el agua está muy buena». Tú te adelantaste mientras yo terminaba mi página. Cuando me levanté y quise distinguir dónde estabas ya solo vi tus brazos haciendo aspavientos, e intermitentemente, tu cabeza entrando y saliendo del agua. Desde mi ensordecedor alarido hasta que avisaron al socorrista transcurrió solo un instante, pero, ante mis ojos, todo sucedía demasiado lento. Así que, sin pensarlo, me eché al mar.
Entre pataleos, manotazos y hundimientos, conseguí darte el golpe que logró calmarte. Te coloqué boca arriba sobre mi pecho y, por fortuna, cuando comenzaba a bracear hacia la orilla -con más voluntad que eficacia- nos alcanzó la unidad de salvamento.
Porque todo quedó en un susto me convertí en el blanco de todas las reprimendas: que si ha sido una temeridad, que para eso están los socorristas, que podríamos habernos ahogado los dos, que no lo vuelvas a hacer…
Pero cómo no lo iba a hacer, cómo podía dejar que mi hermano, con quien siempre he compartido juegos, confidencias y gustos, pereciera ante mis ojos sin intentar impedirlo. Lo volvería a hacer, sí, una y mil veces. Nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Hasta hoy.
Hoy, precisamente, que, como cada 30 de agosto, celebraríamos el aniversario de aquel afortunado día. Hoy que, por cumplirse veinticinco años, llegué antes de tiempo a casa para preparar, con Ana, una celebración especial. Hoy que, al miraros a los dos, inmóviles sobre nuestra cama, pienso que si no me hubiera echado al mar aquel día, tú estarías igualmente muerto pero, al menos, mi mujer viviría.