Tras el abismo

David Pérez

RELATOS DE VERÁN

David Pérez. 22 años. Oleiros. Estudiante

25 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El abrupto final de mi sueño hizo que me despertase de un sobresalto. Ya no recordaba casi nada de cuanto aconteciera en él, mas había sido intenso y muy real. Abrí los ojos para que la visión de un lugar conocido me calmase un poco, sin embargo, una gran oscuridad era todo cuando podía contemplar. Palpé mi alrededor y comprendí que estaba sobre una superficie lisa y horizontal. Me levanté con cuidado y busqué algo en lo que apoyarme, pero no encontré nada donde hacerlo. No comprendía dónde estaba o qué hacía allí, al igual que tampoco recordaba cosa alguna. ¿Cómo podía haber olvidado todos mis recuerdos? Comencé a andar torpemente hasta que un débil destello hizo acto de presencia. Me giré un poco a mi derecha y tras entrecerrar los ojos vislumbré en la distancia una pequeña y frágil luz. Me dirigí a su encuentro casi con desesperación, tropezándome cada pocos pasos. La distancia era enorme, no parecía que me estuviese acercando lo más mínimo. La desesperación se convirtió en angustia y me sentí totalmente impotente, dejándome caer sobre el suelo. Traté de desahogarme y echar fuera toda mi frustración, hasta que me sentí con fuerzas de proseguir. Cerré los ojos, me levanté y los volví a abrir, descubriendo que el origen de la luz estaba a unos pocos pasos de donde yo me encontraba. Sin saber lo que sucediera, me acerqué con un poco de recelo. Una vez hube llegado, la boca se me abrió sola ante el espectáculo. Me hallaba frente a un precipicio de luz que no dañaba la vista. Mirara a donde mirase siempre veía lo mismo, no había fronteras ni límites, solo un infinito brillante. De pronto sentí un impulso que me invitaba a saltar, mas mi mente no se fiaba de esa idea. Atrás solo quedaba oscuridad, pero no quería volver allí, de modo que tomé aire y salté con todas mis energías. Al principio la caída fue rápida, pero poco a poco se fue ralentizando. Era curioso, había en ello algo familiar, como si ya hubiese repetido esa acción antes... hacía mucho tiempo. La velocidad seguía disminuyendo y un ligero calor que me producía somnolencia comenzó a recorrer mi cuerpo. Tomé aire por última vez y dejé que mi mente se desvaneciese en aquella tranquilidad. Ya no importaba nada, solo tenía que dejarme llevar.