Relato de verán de María Porto, 34 anos, A Coruña
18 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Hay días en los que me levanto de repente y abro bruscamente la ventana.
El cerdito rosa sigue retozando en mi jardín. Ha acabado con casi toda la hierba que rodeaba el pozo, y temo que las hortensias también puedan parecerle comestibles.
Las mañanas de verano despiertan con fuerza y se desbordan en colores luminosos. El azul resplandece, despereza los sentidos y protege el alma de todo mal. Un azul que se me escapa de las manos cuando quiero acariciarlo.
En cambio, el verde de tierra húmeda no se dispersa y sabe imponernos un límite. Cuando miramos hacia abajo, la hierba contiene nuestro camino.
Y en esta fricción continua entre dos fuerzas imperiales, entre el azul soñador y la hierba terrenal, en este choque desmedido sin barrera alguna que las distancie y despegue por un momento, ha brotado, sin más, un cerdito rosa.
Como cría en constante crecimiento, engulle la leche de la verde hierba y bebe a sorbos el aire que se cruza por el cielo azul. Es un cerdito luminoso que corre entusiasmado estrenando un mundo. En libertad y continua protección por unos creadores que, primero sorprendidos y en seguida orgullosos, lo acompañan allá donde le guíen sus inexpertas pezuñas que, por el momento, no es otro lugar que mi modesto jardín.
Preparo el desayuno y lo saboreo plácidamente sentada en la repisa de la ventana de mi cuarto. Así puedo seguir al divertido cerdito.
Así me recibe un nuevo día en este mundo, siguiendo expectante el misterio de su fabuloso engranaje.