Relato de verán de Elia de Esteban. 19 años. A Coruña.
14 ago 2015 . Actualizado a las 08:38 h.Altos árboles se alzaban tapando la fachada, ahora ajada, de la que en su tiempo fue una de las viviendas principales del pueblo.
Allí la hallaron, tumbada inerte en un pequeño sillón de cuero lustrado por el uso. Vestía una mirada plácida, como si su alma hubiera encontrado al fin el consuelo que los caducos minutos le habían negado.
La maleza crecía tras la verja de hierro forjado y trepaba por las paredes de la antigua ruina.
Hacía ya dos generaciones, Armando Lourido había cruzado el Atlántico, trayendo consigo la modesta fortuna que a base de sudor logró reunir durante el exilio. Se casó al poco de su regreso con una muchacha a la que sacaba varios lustros de edad, y a la que tras su muerte prematura dejó sola con los cuatro hijos varones que juntos habían tenido.
La familia moraba en un imponente caserón, rodeado por una verja de forja tras la que podían admirarse las más bellas y exóticas flores, al cuidado de las cuales la mujer había invertido su temprana soledad.
La puerta principal de la vivienda se encontraba siempre abierta, y la viuda se esforzaba porque las perpetuas visitas mantuvieran la vida entre esas cuatro paredes, a medida que los hijos iban poco a poco marchándose, llevándosela.
Dejaron tras de sí tan solo un resquicio de entrada a un lento y solitario envejecer.
Y así fue. Los años tiñeron de plata los cabellos de la viuda y, poco a poco, la esperanza de que alguno de sus hijos regresara fue marchitándose, al igual que las flores del jardín.
El suceder continuo de los días y de las noches dejó patente cuánto desluce realmente el tiempo y todos olvidaron con el pasar de este a la joven anciana.
Joven todavía ya no por edad, sino por la dejadez a la que tan tempranamente se había visto abandonada, por la juventud que décadas atrás se le arrebató. Y es que su lejano matrimonio no la había sino encerrado tras aquella verja alta, de hierro forjado.
Cuando, a veces, me adentro en el decrépito recinto que un día fue mi hogar, no encuentro más que una puerta aún cerrada y con tranca, tal y como ella la dejó.
O quizá fuimos nosotros.