Relato de verán de Rafa Silveira, Noia
08 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.El secreto no está en el último bocado, reflexiona el camarero mientras espera a que los ruidosos parroquianos que abarrotan el comedor terminen el postre para ofrecerles el café. Siempre pasa igual.
El mozo sabe por experiencia del delicado sabor y la esmerada presentación de la tarta de arándanos que cada jueves prepara doña Paquita, su madre. Un esponjoso bizcocho horneado a fuego lento. Endulzado con la cantidad exacta de Cointreau y relleno de una delicada confitura de arándanos aromatizada con cardamomo y menta que la cocinera cultiva en su propio huerto. Y, para rematarlo, una cobertura de chocolate templado, con un sutil toque de canela que espolvorea justo en el momento de ser servida. La ración es abundante. Tanto que la mayoría de los clientes la atacan a grandes bocados mientras charlan despreocupados, embroman a la hermana del camarero o fondean una mirada, aburrida, en el televisor que escupe las noticias. Son estos comensales los que al final rebañan el plato, ansiosos, rebuscando las últimas migas del pastel. Alguno, incluso, protesta sin razón por el tamaño de las porciones.
Por eso, su clienta favorita es la tímida bibliotecaria que todos los jueves, puntual, se sienta sola en la mesa del fondo y pide el menú. Cuando llega el postre, el rostro de la joven se ilumina. Observa por unos segundos la tarta. Cerrados los ojos, las aletas de su naricilla se abren discretamente absorbiendo el olor del cacao y la canela. Y hunde el tenedor tomando una pequeña porción de pastel. Saborea en silencio cada bocado. Muy despacio. Disfrutando el hallazgo de cada aroma, cada matiz, cada secreto de esa modesta maravilla que es la tarta de arándanos de Casa Paquita. Satisfecha, paga y se va. Nunca llega a terminar el postre. Así es la vida.