Relato de verán de Aurelio Gutiérrez, 43 años. Guecho (Vizcaya)
18 ago 2015 . Actualizado a las 20:00 h.Dicen que no conviene enamorarse de los hombres de ojos azules, porque su alma está encantada por el mar y un día se van de viaje y no vuelven. Pero se oyen tantas cosas...
Mi tía abuela, por ejemplo, había aprendido a no esperar nada de los hombres de ojos azules, de los hombres de ojos verdes, castaños, grises. Aunque en su vida hubo uno distinto. No sé exactamente cómo fue, pero mi madre me contó que estuvo con él un tiempo, y que un día sin decirle nada le dio un beso y se fue.
Tras recibir el beso, mi tía abuela le miró alejarse y le dijo a mi abuela, que tenía a mi madre en brazos: «Este volverá, estoy segura». Así que lo esperó y, mientras esperaba, comenzó a cuidarse más, ella, que tenía fama de muchas cosas pero no de cuidarse. «Volverá, estoy segura. Ha ido a un largo viaje y volverá». Cada mañana, salía a esperar al cartero, quien con un leve gesto le indicaba que ese día tampoco había correo para ella.
Y pasaron los años, tejiendo y destejiendo la esperanza con un hilo inacabable. Murió esperando, mi tía abuela. No sé si eso es triste o es hermoso.
Lo triste es que un día mis hermanas y yo encontramos una postal, en el viejo buzón de la casa del puerto en la que mi tía abuela había vivido tantos años, que decía:
«Para Penélope, que ha ampliado mis fronteras más allá del mundo conocido, para que mis mejores deseos la acompañen en su largo y hermoso viaje, mientras los suyos me acompañan en el mío».
Lo hermoso, lo realmente bello, es que la postal nunca tuvo sello.