Poio afronta el final de lo que fue otra forma de entender la educación

Alfredo López Penide
López Penide POIO / LA VOZ

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LÓPEZ PENIDE

La ausencia de matriculaciones determina el cierre de la escuela unitaria de Sartal

10 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

La tristeza que produce la clausura de un centro educativo es algo solo comparable a lo que generan el cierre de una biblioteca, una librería o un centro sanitario. Son sensaciones que se agravan cuando esto afectada a uno de los últimos exponentes de lo que fue otra manera de entender la educación en edades tempranas, cuando niños que hoy estarían distribuidos por los distintos cursos de un colegio compartían el mismo espacio.

«Uns tiraban dos outros e ían ao seu ritmo. Non é o mesmo que un colexio, no que están separados por aulas», destaca María Domínguez Meijón, al tiempo que resalta uno de los puntales de estas escuelas: su proximidad. «Antes ían andando, agora terán que ir en bus. Hai que depender do coche para todo».

Aunque esta vecina de Sartal no acudió a la escuela unitaria -es oriunda de Cotobade-, sí que lo hicieron su marido y uno de sus hijos. El próximo año tendría que hacerlo el más pequeño de la familia, quien finalmente tendrá que desplazarse a un CEIP. «A atención de abaixo seguro que é boa, pero aquí é estupenda».

En el colegio Isidora Riestra comenzará el próximo curso escolar Carmen Muñiz Gándara, una de las últimas niñas matriculadas en Sartal. Antes que ella pasaron por estas aulas su madre, Maricarmen Gándara Navarro, y los seis hijos de su abuela materna, Flora Navarro Patiño. Lo de esta familia no es un caso aislado, ni mucho menos. Por las escuelas unitarias era habitual que pasaran varias generaciones de una misma familia y que, incluso, coincidieron al mismo tiempo hermanos de distintas edades.

Es lo que vivió el propio alcalde de Poio. Así lo rememoró su hermana, Maricarmen Sobral, quien guarda «bos» recuerdos de aquella época. Eso sí, asume con pena que «se non hai críos, entendo que peche. Non se pode ter unha escola aberta si so hai tres nenos».

También atesora gratas vivencias de aquella época Luciano Sobral, quien no oculta que el cierre de las escuelas unitarias era algo que se venía oteando desde que, a mediados de los setenta, abrieron los colegios de Chancelas y el Isidora Riestra. «Ao ir concentrando aos nenos no colexios, estas escolas foron quedando moi reducidas». «É a perda dun modelo, para o meu entender, máis próximo, máis vinculado ao entorno».

Al igual que el regidor municipal de Poio, también José Taboada evoca con cariño al profesor Enrique Couceiro: «Era como antiguamente... rectos». Si Carmen Muñiz fue una de las últimas ocho alumnas del Sartal, este vecino de Poio cree que fue «case» de los primeros. Era una época en la que solo había un aula a la que únicamente acudían varones, ya que las niñas se desplazaban a un pazo cercano para estudiar.

Tanto José Taboada como otros residentes estiman que la escuela debió abrir sus puertas a principios de los 50, «probablemente en 1953». Este vecino es de los que aún mantiene la esperanza -dicen que es lo último que se pierde- de que, en un futuro, las matriculaciones permitan reabrir un centro en el que estuvo hasta que rondó los nueve años y medio. «Alí aprendemos a ler, escribir, a táboa de multiplica... O rural cada vez vai perdendo máis».

A esta realidad se suma el hecho de que cada vez son más los CEIP que ofrecen toda clase de servicios, caso del comedor escolar o el Plan Madruga, que facilitan a los padres conciliar la vida familiar y la laboral. Son muchos los que prefieren matricular a sus hijos en estos colegios antes que en una unitaria. «A xente opta polas garderías, porque moitos teñen o traballo en Pontevedra. Paréceme bastante desagradable... É algo que non entendo», reflexiona Clara Castiñeira Dasilva, quien también fue alumna de la unitaria.

En lo que sí todos los vecinos de Sartal coinciden es a la hora de asumir que, con el cierre de cada escuela, Poio ha ido perdido un pedacito de su historia pero, también, de su alma. Apiladas, en el centro del aula principal de Sartal, descansaban este jueves más de una veintena de sillas de colegio, lo que da una idea de lo que esta escuela llegó a ser. Su último maestro, Marcos Fernández Blanco, mira con pena una sala en la que las sillas compartían espacio con cajas repletas de toda clase de objetos y viejos juguetes, mientras en un tablón de corcho seguían colgando notas y circulares, hoy ya envejecidas a pesar de que muestran fechas recientes: «Da pena porque, ao fin e o cabo, as unitarias son un lugar máis familiar que un colexio, aquí tes máis contacto coas familias. Este curso había oito nenos e cinco marcharon para o Isidora Riestra. Non houbo matrículas, polo que ao haber un número tan reducido de nenos, pechase», concluye con nostalgia.