La aldea rota a la que todos quieren ir

En Arufe no vive nadie desde hace 35 años y las casas se caen. Pero el lugar es muy visitado, sobre todo, por extranjeros

La aldea rota a la que todos quieren ir En Arufe no vive nadie desde hace 35 años y las casas se caen. Pero el lugar es muy visitado, sobre todo, por extranjeros

pontevedra / la voz

Hermitas, con su mandilón de colores y su cara de fatiga de haber pasado la mañana en la leira, se arrima a la barandilla de la escalera de su casa, resopla, y exclama: «Ai, Arufe, Arufe... ¿pero que terá Arufe que todo o mundo quere ir aí? Eu non sei que ten o sitio, pero a min pídenme indicacións para chegar a el ingleses, alemáns e xente de todas partes... Nunca che pensei eu que esa aldea ía ser tan visitada». Hermitas vive en Igrexario, el lugar que hay justo antes de Arufe, una aldea abandonada de Cerdedo-Cotobade. La mujer se pregunta una y otra vez cuál es el atractivo de ese lugar del que los últimos vecinos se marcharon hace unos 35 años y donde las casas de piedra se caen a cachos para que reciba tantas visitas. No se convence demasiado a Ermitas cuando se le dice que Arufe aparece en un buen número de blogs como uno de esos lugares donde Galicia se hace mágica. Tampoco comulga ella con que ahí, quizás, muchos encuentren la tranquilidad que falta en sitios bien poblados. La mujer insiste en que ella, si no fuese porque tiene que ir a buscar leña, no daría ni un paso por llegar a Arufe. Así de claro.

Habla así Ermitas y luego guía los pasos del visitante. Avisa de que la primera casa abandonada que se ve no es la propia aldea, que hay que seguir andando para descubrir «o barrio que alí había» en el que ella recuerda al menos cuatro viviendas habitadas. Mientras da indicaciones, la mujer echa la vista atrás. Y vuelve justo al momento anterior a que Arufe se quedase huérfana de vecinos. Cuenta que los últimos que vivían allí eran Antonio y Domitila. Él tenía algunos achaques pese a ser joven. Pasaron, calcula ella, entre 35 y 36 años, pero lo recuerda como si fuese ayer: «El púxose mal e foille o médico, pero atopouno ben. Se fora agora seguro que xa o levaban para o hospital... pero daquela nada. Ao pouco tempo o home atopouse peor e veu andando ata aquí -a Arufe siguen sin entrar los coches aún hoy- pero ao chegar aí máis adiante xa morreu. Levárono de volta nunha escada. Foi moi duro iso». Tras su muerte, Domitila dejó Arufe y la aldea se quedó sola.

«Ai, Arufe, Arufe... ¿que terá este sitio?»

Ermitas, tras el recuerdo, se mete en su casa de Igrexario. Y al visitante le toca emprender camino hacia Arufe. Es un paseo fácil, por un camino que se nota bien transitado -pasa una ruta de senderismo por ahí- donde los árboles no dejan pasar el sol. A los pocos pasos, la colección de casas abandonadas empieza a hacer aparición. Y ese áurea mágica que algunos atribuyen a Arufe se vislumbra entre hórreos de piedra singulares -por algo es tierra de canteros-, un bosque donde los acebos y sus encarnados frutos lucen con primor o en medio del silencio absoluto solo roto por el chirriar de las puertas de la única casa que todavía las conserva en su sitio.

Lareiras, hornos y cuadras

La aldea, a día de hoy, después de más de treinta años sin vecinos, ya no tiene ninguna plaza o espacio que permita imaginar cómo era antes el núcleo. Los restos de las casas aparecen salpicadas en medio de la maleza. Quizás sea esa magia de Arufe, quién sabe, pero esa escena, que debería acercarse al feísmo, tiene un bonitismo descomunal.

En una de las viviendas, ya sin tejado, puede verse desde el antiguo fregadero de piedra hasta un váter primitivo con tapa de madera maciza o el agujero en el suelo que comunicaba con la cuadra y por donde uno imaginaba que bajaba la comida para los cerdos. También se pueden ver en algunas ruinas los antiguos hornos... y hasta resiste alguna pota vieja de porcelana que a saber qué hambre habrá saciado cuando aún tenía vida.

Si uno se deja envolver por Arufe, si baja y sube por los caminos, si husmea entre las casas, se acaba dando cuenta de que, aún vacía, la aldea guarda la esencia de una Galicia que se va apagando. En al menos dos viviendas, como si quisieran resistir al envite del tiempo y el abandono, aún lucen bonitas dos lareiras. Además, el bosque de Arufe es de los de acebos, carballos, castiñeiros, toxos y xestas. Es, en realidad, como una cápsula del tiempo. Eso sí, si uno sigue por los senderos, en un camino muy próximo, por el que pasa la ruta de senderismo Foxo do Lobo, de repente aparece el presente. Hay un banco y una urna de plástico. Dentro, dos libros, uno de ellos de Manuel María. Y un libro en el que pueden firmar los caminantes. En sus letras, algunos gallegos confirman que en Arufe se reencontraron con los recuerdos de sus aldeas. Visitantes de distintos puntos de España describen la emoción que les supuso toparse con un paisaje verde tan puro. En inglés, algunos extranjeros califican la aldea y su entorno de maravilloso. Todos quieren volver a Arufe. Normal. Lógico. Aunque a Ermitas le cueste lo suyo creerlo.

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