Tierra y barro

Antonio Sandoval sandoval@terranova-s.es

BARRO

Pocas cosas hay tan atractivas para los niños como chapotear en una charca y hundir las botas en el barro, pero las tierras húmedas esconden otros secretos que les descubrimos en esta doble página

02 nov 2011 . Actualizado a las 10:23 h.

Hacía muchas semanas que no llovía. La hondonada del camino estaba tan seca que el viento, al arreciar, levantó espesas nubes de polvo, como cuando soplas sobre un mueble que lleva años olvidado en una habitación cerrada. El cielo se encapotaba más y más, y los sauces se estremecían con cada racha de aire. Cualquiera diría que bailaban una ancestral danza de la lluvia. Las aves buscaron refugio en los arbustos más espesos. Quienes ahora volaban de aquí para allá eran hojas arrancadas de las ramas y una multitud de briznas de hierba cortada que hasta horas antes habían permanecido tumbadas al sol sobre un prado inmediato.

Las primeras gotas, diminutas, cayeron tímidamente, casi disculpándose. Cuando una infinita capa gris pizarra lo cubrió todo desde el suroeste, el chaparrón solo pilló desprevenidos a quienes habían olvidado cómo interpretar los lenguajes de la naturaleza. Estaba claro que el chubasco se venía encima. Y cómo. Porque era de los buenos, con gruesas gotas que caían como meteoritos para llenar el camino de húmedas manchas del tamaño de un pulgar. ¡Chop, chop, chop, chop!

El redoble dio paso al estruendo, y el agua corrió ya por todas partes, como si supiera cuánto se la había echado de menos. Bebieron los árboles, los pastos, las huertas, los ríos. Y en la hondonada empezó a formarse un charco que parecía hervir, de tantas pompas como nacían y estallaban en su superficie mientras no cesaba de llover.

Y durante horas no paró. Llovió y llovió. Y cayó la noche, y solo en algún momento de la madrugada la borrasca pasó de largo y dejó tras de sí un paisaje tan oscuro como empapado.

La mañana siguiente, yendo para el colegio, los niños descubrieron varias novedades en el camino. No solo se había formado un gran charco en la hondonada. Además, en su contorno habían aparecido varias huellas de diferentes animales. Se detuvieron un rato a discutir si unas eran de perro o de zorro, y a quién podrían pertenecer otras más pequeñas. Además, una rana bermeja saltó a su paso buscando refugio en la cuneta. Más allá, en los prados, los mirlos extraían de entre la hierba lombrices largas como espaguetis.

Mientras caminaban, las botas se iban llenando de barro y de los restos de las hojas secas que habían caído la tarde anterior. Antes de entrar en el colegio, se las limpiaron lo mejor posible en el felpudo. Al sentarse en sus mesas, la profesora les pidió a todos que echasen una ojeada a las suelas. No estaban limpias del todo, claro. «¡Es que es muy difícil sacarse todo el barro!», protestó un niño. «Mejor -respondió la profesora-, porque hoy vamos a hablar de la tierra y el barro».